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Con televisores en las calles, Isla Grande celebró el triunfo de Colombia y volvió a sentirse parte de Cartagena

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La noche del miércoles volvió a encenderse en Isla Grande. No solo por la electricidad que regresó a los hogares, sino por la emoción colectiva de una comunidad que, durante semanas, vivió a oscuras y que ahora encontró una razón para reunirse, celebrar y sentirse nuevamente conectada con el resto de la ciudad.

En las calles, en las terrazas y en los espacios de encuentro, aparecieron televisores improvisados. Niños, jóvenes, adultos y abuelos se acomodaron frente a las pantallas para ver a la Selección Colombia derrotar 3-1 a Uzbekistán. Cada gol se gritó con fuerza. Cada jugada se vivió como una fiesta. Y cada sonrisa parecía decir lo mismo: Isla Grande volvía a tener luz, pero también volvía a sentirse visible.

Para muchos habitantes, aquella no fue simplemente una noche de fútbol. Fue la primera gran celebración comunitaria tras la entrada en funcionamiento de la planta eléctrica entregada por la Alcaldía de Cartagena para atender la emergencia energética que mantuvo a la isla durante más de 17 noches y cuatro días enfrentando interrupciones constantes del servicio.

Las imágenes hablan por sí solas: televisores sacados a las calles, vecinos compartiendo sillas, familias enteras reunidas bajo el cielo insular y una comunidad que recuperó algo más valioso que la energía. Recuperó la tranquilidad y la esperanza.

“Antes veíamos estas celebraciones por televisión desde lejos. Hoy sentimos que también hacemos parte de Cartagena”, comentaban algunos habitantes mientras celebraban el triunfo de la Tricolor.

La planta de respaldo, prometida por el alcalde Dumek Turbay Paz como respuesta inmediata a la crisis, permitió restablecer el suministro eléctrico y devolver condiciones de normalidad a una población que había visto afectadas sus actividades cotidianas, educativas, comerciales y recreativas.

Pero aquella noche la conversación no giró alrededor de las dificultades. Giró alrededor de la alegría. De los abrazos después de cada gol. De los niños corriendo por las calles iluminadas. De la sensación de que, por fin, la isla volvía a encenderse.

La victoria de Colombia terminó convirtiéndose en mucho más que un resultado deportivo. Fue el símbolo de una comunidad que dejó atrás la oscuridad, que recuperó sus espacios de encuentro y que celebró, con orgullo, la posibilidad de volver a sentirse parte de una misma ciudad.

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