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El poder de la plaza

Hay lugares que parecen simples espacios físicos, pero que terminan convirtiéndose en el corazón de una comunidad. La plaza es uno de ellos.

Una plaza puede ser apenas unos cuantos metros cuadrados. Grande o pequeña, formal o improvisada. Pero cuando la gente la ocupa, la hace suya y se encuentra allí, deja de ser simplemente parte del paisaje urbano para convertirse en escenario de ciudadanía.

La plaza es el lugar donde nos reconocemos. Donde nos encontramos con el vecino, con el amigo, con el contradictor y también con quien piensa distinto. Es el espacio donde la conversación deja de ser privada para convertirse en asunto público.

Por eso la plaza tiene poder.

La plaza ha sido, a través de la historia, nuestra ágora criolla. Allí han ocurrido encuentros políticos, religiosos, culturales, deportivos y comerciales. Allí se han escuchado discursos, se han celebrado fiestas, se han planteado inconformidades y se han construido acuerdos.

También allí se expresa, muchas veces de manera espontánea, esa extraordinaria capacidad que tiene la ciudadanía para hablar de lo que le importa.

La plaza es diálogo, pero también diferencia y desacuerdo. Es confrontación, sí, pero una confrontación que puede ser pacífica. Es debate, encuentro y, muchas veces, consenso.

Es un verdadero laboratorio social.

En una plaza se encuentran el gobierno y la comunidad; lo público y lo privado; el líder y el ciudadano; el joven y el adulto mayor; el comerciante y el vecino.

Allí la democracia deja de ser un concepto abstracto y se convierte en algo concreto: personas sentadas frente a frente hablando sobre lo que ocurre en su territorio.

La plaza es, en cierta forma, el gran salón de eventos sin aire acondicionado de una ciudad.

Y quizás allí reside parte de su magia.

Porque una plaza no necesita paredes para reunirnos. No necesita protocolos para permitirnos hablar. No necesita una pantalla para mostrarnos lo que piensa el otro.

Solo necesita algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de conseguir: que nos encontremos.

Y una plaza no siempre tiene que llamarse plaza.

También puede ser un parque, una cancha, una tienda, una barbería, una cafetería, una mesa de dominó, un billar o una tarima barrial. Son lugares donde la ciudadanía conversa, se reconoce, construye identidad y expresa libremente aquello que muchas veces no dice dentro de su casa.

Hoy tenemos más herramientas para comunicarnos que nunca, pero paradójicamente podemos estar cada vez más lejos unos de otros.

Las redes sociales han ampliado nuestra capacidad de participar, informar y comunicarnos. Pero difícilmente pueden reemplazar por completo la experiencia de compartir físicamente un espacio con otros.

Las redes sociales nos permiten hablar con miles de personas, pero la plaza nos permite mirar a los ojos a una.

Y mirar a los ojos cambia la conversación.

En las redes podemos bloquear al que piensa diferente. En la plaza tenemos que compartir el mismo espacio.

En las redes podemos abandonar una conversación con un clic. En la plaza podemos quedarnos, escuchar, responder y, quizás, terminar entendiendo al otro.

Por eso recuperar la plaza también significa recuperar una parte de nuestra capacidad para convivir.

Necesitamos más espacios para conversar sobre los problemas del barrio, de la ciudad y del país. Más lugares donde la comunidad pueda plantear soluciones, donde las autoridades puedan escuchar y donde las decisiones puedan construirse con quienes viven diariamente las realidades que esas decisiones pretenden transformar.

Gobernantes, líderes comunitarios, empresarios, pastores, presidentes de juntas de acción comunal, jóvenes, influenciadores y ciudadanos tienen en la plaza un escenario natural para convocar, escuchar y participar.

Pero la plaza no pertenece a nadie en particular.

La plaza pertenece a todos.

Por eso vale la pena recuperar algo que parece sencillo, pero que hemos ido perdiendo: el hábito de encontrarnos.

Más plazas y menos dependencia de las pantallas.

Más encuentros y menos distancia.

Más caminar y menos pasar de largo.

Más conocer nuestros barrios, nuestras calles y nuestros parques. Más reconocer al vecino, al comerciante, al líder comunitario, al joven que juega en la cancha y al adulto mayor que todas las tardes se sienta en la misma esquina.

Caminar la ciudad es también una forma de conocerla. Y conocerla es una manera de comprenderla.

Quizás necesitamos volver a caminar nuestras ciudades. Volver a sentarnos en una plaza. Volver a conversar cara a cara. Volver a escuchar a quien piensa diferente.

Porque una democracia no se construye solamente en los grandes edificios institucionales.

También se construye en una banca, en una esquina, alrededor de una mesa de dominó, en una cancha, en una tienda de barrio y en cualquier lugar donde dos personas puedan sentarse a hablar de lo que les importa.

La plaza tiene poder.

Tiene el poder de reunirnos, de confrontarnos sin destruirnos, de reconocernos, de escucharnos y de recordarnos que, aunque pensemos diferente, compartimos un mismo territorio y una misma responsabilidad de construir comunidad.

Porque cuando la gente vuelve a ocupar la plaza, la democracia vuelve a tener un lugar donde encontrarse.

Más plazas. Menos pantallas. Más conversación. Más comunidad.

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