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¡Gracias!, Rodolfo Segovia, Gracias

Al cumplirse un mes del fallecimiento de Rodolfo Segovia Salas, el exalcalde de Cartagena Pedrito Pereira Caballero le rinde un sentido homenaje en esta columna.


Después de Dios Todopoderoso, a quien todo se lo debo, y de mis padres, nadie ha tenido una influencia tan decisiva en mi vida como el doctor Rodolfo Segovia Salas. Su partida, hace un mes exactamente, aún me duele en el alma. Este es el primer mes, en muchos años, en el que no hemos conversado. Y esa ausencia pesa.

Lo conocí el día de mi grado como abogado, en 1992. Yo tenía apenas 21 años. Asistió como entrañable amigo de mi padre, y ese día no solo me felicitó con sinceridad, sino que me ofreció mi primera oportunidad profesional. Desde entonces, su presencia se convirtió en una constante en mi vida personal, profesional y política. Siempre estuvo pendiente de mi padre, de mí y de mi familia. Siempre.

Fue un hombre excepcional. Un verdadero sabio. De carácter fuerte, con convicciones firmes y un profundo sentido del deber. Pero detrás de esa rectitud había una solidaridad inquebrantable. En los momentos más difíciles, cuando enfrenté injusticias o ataques por mi labor pública, Rodolfo fue el primero en salir a defenderme públicamente con firmeza. Sabía ser amigo: de esos que no titubean, de los que creen en uno y lo acompañan sin dobleces; era amigo de aquellos en quienes creía y a quienes exigía también rectitud y compromiso; si veía alguna desviación, venía el regaño proactivo.

Era un hombre de causas y principios. Y muchas personas en Colombia, tanto del sector público como del privado, fueron formadas o guiadas por él. A través de Rodolfo conocí a líderes, pensadores, empresarios, gestores culturales. Siempre sembrando, siempre enseñando, siempre inspirando. Luchó con pasión por la competitividad y el desarrollo económico de la Costa Caribe, en especial de Cartagena. Tenía en su mente un mapa preciso de Colombia y proponía con detalle por qué tramos debía conectarse el interior con la costa Atlántica. Batalló contra la exclusión de nuestra región en las grandes vías nacionales, en especial para la conexión con el centro del país, con argumentos y visión estratégica. Recuerdo que un dirigente de Turbana me escribió tras su fallecimiento: “Él fue el inspirador de la variante Mamonal-Gambote”. Un ejemplo más de su huella.

Gracias a Rodolfo también conocí a integrantes de familias que, bajo su guía, se convirtieron en líderes en sus regiones. Familias como los Oliver en Sucre, los Cuello Daza y Navas en La Guajira, o los Moreno Villanizar en el Cesar, entre muchas otras, que recibieron de él orientación, respaldo y ejemplo para ejercer liderazgos con compromiso y visión. Por eso, no solo yo, sino también ellos y tantos más, le guardamos un profundo afecto y gratitud eterna.

También fue un defensor incansable del patrimonio histórico de Cartagena. Amaba las fortificaciones. Participaba con puntualidad y entusiasmo en el Consejo Directivo de la Escuela Taller y de la Universidad de Cartagena. Para él, eran las juntas más importantes, porque amaba a Cartagena con todo su ser. También, entre otros temas, estaba siempre atento a lograr la iluminación del Castillo de San Felipe y de todo su entorno, su “bebé”, como él lo llamaba. Sus causas eran siempre de puro amor por esta ciudad.

Una de nuestras costumbres era vernos, al menos una vez al mes, cuando él estaba en Colombia. Siempre elegía un restaurante nuevo. Ahí no solo hablábamos de política, ideas o actualidad, sino que también me transmitía su saber sobre gastronomía, su conocimiento del mundo, sus hobbies y gustos. Tenía también gestos sencillos que me asombraban. A veces, cuando venía a Cartagena y yo no podía recogerlo en el aeropuerto, le ofrecía enviarle un vehículo, pero me decía con tranquilidad: “No te preocupes, tengo a mi amigo taxista de toda la vida, don Pedro de Voz, él me recoge”. Prefería andar con él, con ese afecto tan humano que lo distinguía.

En los últimos años, especialmente en los almuerzos que compartíamos en su residencia de Bogotá, tuve la oportunidad de descubrir otra faceta entrañable de Rodolfo: su amor por el deporte, tanto físico como mental. Él mismo me contaba que en su juventud fue un gran deportista, y en su casa podía ver, con admiración, la colección de trofeos que daban testimonio de sus gestas. Entre ellos, me llamaba especialmente la atención uno que guardaba con orgullo: el trofeo de 1957, cuando fue elegido Jugador Más Valioso de la liga de fútbol-soccer de otoño, como arquero del equipo de la universidad MIT en USA. Ese galardón, reflejo de su disciplina y talento deportivo, lo apreciaba con cariño, así como sus innumerables reconocimientos en el bridge, un deporte mental en el que también brilló con destreza. En más de una ocasión conversamos largamente sobre estos temas, hilando recuerdos de sus partidos, su afición también por el béisbol y, en particular, su pasión por los Boston Red Sox. En esta época están de racha; seguro lo está disfrutando en el cielo. Así era Rodolfo: un hombre capaz de pasar de hablar de política nacional, economía, cultura, historia, a discutir una jugada maestra de bridge o rememorar una atajada decisiva en un campo de fútbol, o de un análisis beisbolero a fondo.

Era un hombre culto, políglota, con una pasión infinita por el idioma. Gracias a él conocí muchas palabras como hominicaco, fruición, fauto, sempiterno —de cada una guardo una anécdota— y tantas otras que hacían parte de su léxico, tan preciso como elegante.

Lo que más atesoro de ese último año fueron las conversaciones en su residencia de Bogotá. Eran encuentros más íntimos, cargados de recuerdos y reflexiones, donde cada detalle tenía un valor especial. Rodolfo siempre estaba pendiente hasta de los más mínimos detalles: preguntaba por mi familia, por la educación de mis hijos, por su crecimiento. Cuando comentaba que iba a viajar con mi esposa e hijos, me preguntaba a dónde iba y, con su sabiduría extrema, me recomendaba qué lugares visitar, qué monumentos conocer, qué historia debía enseñarles. Hasta en eso, Rodolfo era especial.

Fue en una de esas conversaciones donde nació la inspiración para una ley que marcaría mi trayectoria como congresista y como cartagenero: la Ley del Sitio de Cartagena. En el año 2015, cuando se cumplían los 200 años del Sitio ocurrido en 1815, Rodolfo me dio la idea de que debíamos hacer algo grande en virtud de ese hecho histórico. Así nació la propuesta de una ley conmemorativa que reconociera la trascendencia del Sitio como acto histórico fundacional de la independencia nacional. Rodolfo siempre afirmaba, con razón, que la verdadera independencia de Colombia se gestó en el heroico Sitio de Cartagena. “Las otras fueron peleas de barrio”, decía con su ironía fina, para exaltar el carácter épico y definitivo de la resistencia cartagenera.

En 2016, con su inspiración, logramos convertir esa visión en ley de la República. Para mí fue una enorme alegría ver que el hecho histórico que él tanto estudió, promovió y quiso dar a conocer, se convirtió finalmente en ley de la República (Ley 1784 de 2016). De esa ley surgieron obras como la protección costera, que hoy son una realidad y que está en ejecución. Lamentablemente, los vaivenes, la ingratitud y los celos de la política han relegado su aplicación, pero sé que para él fue una enorme satisfacción la realidad de la Ley del Sitio. Y para mí fue un honor llevar a la ley una de sus más grandes pasiones históricas.

Sus columnas de opinión, todos los viernes, las leía con atención, en Portafolio o en El Universal. Y luego las comentábamos. Eran siempre lúcidas, bien escritas, profundamente pensadas. En cada línea: su estilo, su carácter, su visión de país.

Recientemente, en nuestra última conversación, le pregunté si seguiría escribiendo. Con esa ternura que sabía combinar con autoridad, me dijo: “Pedrito, dejé de escribir. Demasiado esfuerzo para mí”. No imaginé que sus fuerzas ya se apagaban. Nunca se quejó. Siempre fue fuerte. Siempre fue grande.

En su ceremonia de despedida en Bogotá, un familiar muy cercano de él me dijo al oído: “Para él, tú eras como un hijo consentido”. Me estremeció ese gesto. Porque siempre lo sentí así. Su apoyo, su amistad y su cariño hacia mí, hacia mi padre y mi familia, fueron permanentes.

Gracias, Rodolfo Segovia. Gracias por tanto. Por tu inteligencia generosa. Por tu ejemplo. Por tu fe en mí. Por tu defensa cuando lo necesité. Por tus enseñanzas, tus palabras, tus gestos. Gracias por haber estado siempre.

Te llevo en mi alma y en mi corazón. Por siempre.

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