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La última transmisión de El Pupi: el Caribe despide a Luis Alberto Payares Villa

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-. Partió el hombre, permanece la leyenda. Luis Alberto Payares Villa seguirá viviendo en cada relato que hizo vibrar a generaciones enteras.

Hay hombres que nacen para vivir una vida. Otros nacen para contar la vida de los demás. Luis Alberto Payares Villa hizo ambas cosas. Vivió intensamente y, al mismo tiempo, narró la historia deportiva de un pueblo entero con una voz que parecía hecha de Caribe, de estadio lleno y de noches interminables de radio.

La noche de este viernes esa voz se apagó en Barranquilla después de una larga batalla contra el Parkinson, enfermedad que enfrentó durante más de 35 años con la misma valentía con la que relataba una pelea de campeonato o la tensión de un noveno inning. Pero hay silencios que no son derrotas. Hay silencios que se convierten en eternidad.

Y el de Payares Villa es uno de ellos.

La radio deportiva colombiana pierde a uno de sus más grandes exponentes. El Caribe despide a uno de sus cronistas más queridos. Y Cartagena llora a un hombre que hizo del micrófono una extensión de su alma.

Su nombre quedó ligado para siempre a las grandes gestas del deporte colombiano. Narró las noches gloriosas de Antonio Cervantes Kid Pambelé, acompañó las victorias de Miguel Happy Lora y convirtió innumerables jornadas de béisbol en capítulos memorables de la historia popular del Caribe.

No describía partidos. Los transformaba en relatos.

No anunciaba emociones. Las provocaba.

Y cuando la pelota viajaba más allá de los límites del terreno, su voz explotaba con frases que terminaron formando parte del patrimonio sentimental de miles de oyentes: “¡Hizo el pentágono trizas!”, “¡Swing completo con todos los hierros!”, expresiones que todavía resuenan en la memoria de quienes aprendieron a amar el deporte escuchándolo a través de un radio de pilas, en una terraza caliente o bajo la sombra de una ceiba en cualquier rincón de Bolívar.

En Emisoras Fuentes condujo los programas Visión del Deporte y posteriormente Punto en la Noticia, espacios desde los cuales ejerció una enorme influencia en la opinión pública. Su escuela trascendió generaciones. Muchos narradores deportivos del Caribe encontraron en él una referencia obligada, una forma de entender el oficio y una demostración de que la pasión también puede ser una disciplina.

Mi historia con Luis Alberto comenzó mucho antes de convertirme en parte de su familia.

Yo tenía trece años y cursaba segundo de bachillerato en el Colegio Felipe Santiago Escobar de Santa Catalina. Una tarde, el profesor Emiro Bertel Torrente nos llevó al estadio 11 de Noviembre para asistir a una final del béisbol de primera categoría.

El estadio estaba repleto.

No cabía un alma más.

Recuerdo el rumor de la multitud, el olor a maní, el bullicio de las tribunas y la ansiedad colectiva que precedía al primer lanzamiento.

Entonces los altoparlantes anunciaron una llegada.

—Ha llegado El Pupi, Luis Alberto Payares Villa.

Y ocurrió algo que jamás olvidé.

Miles de personas se pusieron de pie.

No para recibir a un pelotero.

No para aplaudir a un político.

No para homenajear a una autoridad.

Se levantaron para saludar a un narrador deportivo.

A una estrella de la radio.

Lo vi levantar los brazos mientras la multitud lo ovacionaba. Luego caminó hasta la cabina de transmisión y comenzó a narrar béisbol. Su gran amor. Su territorio natural. Su manera de habitar el mundo.

Aquel día entendí el poder que puede tener una voz.

Muchos años después la vida escribió un capítulo inesperado. Encontré en Hilda Payares a mi alma gemela y terminé convirtiéndome en su yerno. Entonces conocí al hombre detrás del personaje. Al padre afectuoso. Al amigo leal. Al ser humano generoso que enfrentó la adversidad sin renunciar jamás a la dignidad ni a la sonrisa.

Hoy se marcha un hombre bueno.

Un hombre que nunca necesitó estridencias para ser grande.

Un hombre que hizo de la palabra una herramienta para unir generaciones.

El estadio 11 de Noviembre conservará para siempre el eco de sus relatos. Las cabinas seguirán guardando la sombra de su figura inclinada sobre el micrófono. Y en algún lugar del Caribe seguirá escuchándose, como una grabación imposible de borrar, aquella voz inconfundible capaz de convertir un lanzamiento en una epopeya y un cuadrangular en una fiesta popular.

A Ana Graciela, Mariola, Luis Adolfo, Rossana, Yira, Angélica, Alberto Luis, Hilda Cecilia, Luis Alberto, Zoila, Luis Alfonso y Luisa, nuestro abrazo solidario en este momento de dolor.

Pero la muerte, a veces, no tiene la última palabra.

Porque hay hombres que parten y se convierten en recuerdo.

Y hay otros, muy pocos, que parten y se convierten en territorio.

Luis Alberto Payares Villa pertenece a esa estirpe.

Por eso esta noche, cuando las luces del estadio se apaguen y el bullicio de las graderías se convierta en silencio; cuando la cabina quede vacía y el micrófono repose esperando unas manos que ya no volverán, alguien jurará haber escuchado una voz atravesando la brisa que llega desde la bahía.

Tal vez sea el viento.

Tal vez sea la memoria.

O tal vez sea El Pupi anunciándole al cielo que prepare el diamante, que acomode las tribunas y que abra la transmisión.

Porque acaba de llegar quien durante toda una vida narró las emociones de la tierra.

Y ahora comienza a contar las historias de la eternidad.

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