Cartagena despide a uno de esos personajes que no necesitan estatua porque habitaron la ciudad desde la palabra, la música y el encuentro. Se fue Haroldo, el “Goyo” Payares, y con él se va una manera de vivir la noche, de entender la cultura y de discutir la ciudad hasta que amaneciera.
Amaury Muñoz Echenique, periodista de memoria prodigiosa y cronista natural de Cartagena, lo recuerda como se recuerda a los amigos verdaderos: sin maquillajes, con afecto y con verdad.
“Al Goyo lo conocí hace más de 40 años. En esa época yo era relacionista público de una discoteca en Bocagrande, el palacio de la salsa de Raimundo Morales y Álvaro Padilla. El Goyo iba casi todas las noches, porque le gustaba mucho la música y debatir sobre la inspiración de los compositores caribeños. Allí la salsa no solo se bailaba, se pensaba”.
Dice Amaury: “El Goyo era de esos hombres que no escuchaban canciones: las discutían. Amaba la música caribeña como quien defiende un territorio. Después, la vida los volvió a cruzar cuando Payares abrió uno de sus espacios más recordados”.
“Luego me lo encontré cuando montó un bar donde hoy está La Vitrola. Era un sitio chévere, donde nos reuníamos los amigos a tomar, a compartir, a hablar de lo que pasaba en la ciudad. De lo bueno, de lo divino y de lo humano. Siempre tenía un sarcasmo listo para cualquier situación”.
Por esas mesas circularon nombres que hoy son parte de la memoria cultural de Cartagena: Fredy Goyeneche, Mercedes Suárez —exesposa de Paco de Onís—, el Mono Escobar. Eran noches largas, de conversación espesa y risas inteligentes. El Goyo no convocaba multitudes: convocaba complicidades.
“Después montó un bar grandioso en el segundo piso de Paco’s. Más tarde abrió La Bodeguita del Medio, un pedacito de Cuba en Cartagena, en el Centro Histórico, donde hoy funciona la Sociedad de Ingenieros y Arquitectos de Bolívar. Y luego un restaurante-bar en Canapote. El Goyo siempre estaba inventando espacios para encontrarnos”.
Fue también impulsor del Festival de Música del Caribe, convencido de que la identidad se defiende con tambores, voces y memoria. Entre sus grandes amistades estaban Fredy Goyeneche y la chef cartagenera Leonor Espinosa, quienes lo visitaron poco antes de su partida.
Amaury hace una pausa cuando habla del final. No por falta de palabras, sino por respeto.
“El Goyo fue un gran personaje. De esos que a unos les cae bien y a otros les cae mal. Pero sin duda fue una extraordinaria persona, con un sentido del humor único. Era un hombre vivaz, siempre despierto. A la gente se la quiere con defectos y virtudes, y así quise yo al Goyo Payares”.
También fue arquitecto. También dejó huella en su oficio. Pero su obra más perdurable está en la memoria colectiva de Cartagena: en las conversaciones que provocó, en la música que defendió, en los espacios que creó para que la ciudad se pensara a sí misma.
Se fue el Goyo Payares.
Y con él, un pedazo de la Cartagena nocturna, crítica y profundamente caribe.
