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“No me entregaron un taxi, me devolvieron la tranquilidad”: la historia de Rosa Mora y el sueño que llegó sobre ruedas

-. Vidas que cuentan, una iniciativa de la Alcaldía Mayor de Cartagena

-. Dos mujeres que durante años recorrieron las calles de Cartagena construyendo el futuro de sus familias hoy conducen mucho más que un vehículo: manejan una nueva oportunidad de vida.

Hay sueños que no llegan haciendo ruido. Llegan despacio, después de años de sacrificios, madrugadas interminables y jornadas en las que la esperanza parece ser el único combustible que queda.

Por eso, cuando Rosa Mora vio aquel taxi estacionado frente a ella, sintió que el tiempo se detenía.

No era solamente un carro. Era el premio a una vida de trabajo, la recompensa a la perseverancia y la prueba de que los sueños, incluso los más difíciles, también encuentran el camino de regreso.

“Cuando veo la placa, todavía se me eriza la piel”, cuenta con una sonrisa que aún conserva la emoción de aquel instante.

Junto a Daisy Hurtado, otra mujer taxista con más de dos décadas dedicadas al oficio, Rosa fue seleccionada para recibir uno de los dos taxis entregados gracias al trabajo articulado entre la Oficina de Asuntos para la Mujer y el Plan de Emergencia Social Pedro Romero, en cumplimiento de los compromisos adquiridos con el gremio y como parte de las estrategias para fortalecer la autonomía económica femenina.

De las diez mujeres que iniciaron el proceso, ellas dos permanecieron firmes. No abandonaron el camino. Siguieron creyendo.

Y la vida terminó respondiéndoles.

Las habían citado para firmar unos documentos. Nada fuera de lo común. O eso pensaban.

Mientras descendía las escaleras, Rosa observó un taxi estacionado. Lo reconoció de inmediato.

“¡Ese es mi carro!”, exclamó.

Nadie tuvo que decirle nada. Conocía la placa de memoria.

Pero la sorpresa apenas comenzaba.

Al acercarse, abrió la puerta y encontró al alcalde Dumek Turbay sentado frente al volante.

—Aquí está lo que te prometí.

Y entonces llegaron las lágrimas.

No lloraba por un vehículo.

Lloraba por los años difíciles.

Por las veces que tuvo que multiplicar cada peso para alimentar a su familia.

Por las noches preguntándose si alcanzaría para pagar la gasolina.

Por la incertidumbre de no saber cómo responderle al día siguiente a la vida.

“Eso de pensar que no hice la tarifa, que la gasolina se está acabando o que no sé si voy a almorzar hoy, eso se acabó gracias a Dios”, recuerda.

Aquella tarde no recibió solamente las llaves de un taxi.

Recibió tranquilidad.

Recibió paz.

Recibió la posibilidad de volver a dormir sin angustias.

La emoción era tan grande que, por unos segundos, olvidó incluso cómo encender el vehículo.

“Se me olvidó qué era el clutch y cómo prender un carro”, cuenta entre risas.

Después de años conduciendo vehículos de carga pesada, los nervios la traicionaron justo en el momento más feliz.

Su primera parada fue la casa de una amiga en Olaya Herrera.

Al verla llegar, la mujer le dijo:

—¡Ay, te cambiaron el carro!

Y Rosa, sin poder contener las lágrimas, respondió una frase que hoy resume toda su historia:

—No. El doctor Dumek me cambió la vida.

Desde entonces, cada jornada detrás del volante tiene un significado diferente.

Sigue transportando pasajeros, escuchando historias y orientando a quienes encuentran en ella una palabra de aliento.

Pero ahora lo hace desde la tranquilidad de saber que cuenta con una herramienta propia para seguir construyendo su futuro.

Gracias a este oficio logró sacar adelante a sus tres hijos profesionales.

Y hoy continúa recorriendo las calles de Cartagena con la misma determinación que la acompañó siempre, demostrando que ninguna meta es imposible cuando se combina trabajo, disciplina y esperanza.

Porque para Rosa, ese taxi no representa solamente movilidad.

Representa libertad.

Representa dignidad.

Representa la tranquilidad de levantarse cada mañana sabiendo que la vida, después de tantos años de esfuerzo, finalmente le sonrió.

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