En Manga están pasando cosas que ni Gabriel García Márquez se hubiera atrevido a escribir por miedo a que lo acusaran de exagerado.
Desde hace varias semanas, en una esquina cercana a la Tecnológica de Bolívar, justo donde un lote espera pacientemente el inicio de una construcción, apareció una nueva expresión artística urbana. No es un mural, no es una escultura y mucho menos una instalación contemporánea financiada por algún ministerio de cultura.
Es una bolsa con mierda de perro.
Y al día siguiente otra.
Y al siguiente otra más.
Como si un extraño personaje hubiera asumido la misión de decorar el cerramiento de la obra con una colección permanente de excremento canino cuidadosamente empacado.
Los vecinos ya no saben si están frente a un problema de convivencia, una protesta silenciosa o la primera exposición internacional de arte fecal del Caribe colombiano.
Lo cierto es que el autor de esta singular muestra de creatividad posee una disciplina digna de admiración. Porque mientras muchos abandonan sus propósitos de año nuevo en enero, este personaje mantiene una constancia admirable: pasea al perro, recoge la mierda y, en lugar de depositarla en una caneca, la cuelga del alambre como quien deja una medalla, una bandera o una ofrenda ritual.
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Con el sol cartagenero haciendo de las suyas, el lugar se ha convertido en un laboratorio involuntario de aromas extremos. El viento mueve las bolsas con una elegancia casi poética mientras los transeúntes aceleran el paso y los vecinos intentan descifrar quién es el responsable de semejante atentado contra el olfato colectivo.
Algunos sospechan que actúa de madrugada. Otros creen que es alguien del sector. También hay quienes aseguran que debe tratarse de una mente brillante que aún no ha encontrado el escenario adecuado para desarrollar su talento.
Mientras tanto, Manga sigue esperando respuestas.
Porque recoger la mierda de un perro es un acto de cultura ciudadana. Pero colgarla en un alambre para que toda la cuadra la contemple es una conducta que merece, por lo menos, una explicación.
La búsqueda continúa. Se recibe información. No para otorgar recompensa, sino para pedirle al responsable que haga un pequeño esfuerzo adicional: caminar tres metros más hasta una caneca y evitar que una esquina del barrio siga protagonizando la exposición más olorosa y surrealista de Cartagena.
