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Era tiempo de campaña al Congreso, esa época del año en que Cartagena huele a café recalentado, a sudor nervioso y a promesas recién impresas. Los comandos políticos, más que oficinas, parecían fondas improvisadas: entraba de todo y salía de todo. Candidatos, líderes, supuestos líderes, recicladores de votos y vendedores de esperanzas al detal. Había gente de todas las clases, de todos los olores y sabores, como una olla comunitaria mal revuelta.
Ese día entré a uno de esos comandos como quien entra a una casa ajena sin tocar la puerta. El aire estaba espeso. Reptiles políticos de todas las especies se movían con sigilo: unos bien vestidos, bien peinados y perfumados, listos como para una boda ajena; otros con relojes alemanes que brillaban más que sus discursos; y algunos con relojes alemanes raros, que no daban la hora pero sí aparentaban poder. Todos miraban lo mismo: la puerta del fondo, de donde salía y entraba el que repartía turnos… y billetes.
Y ahí estaba él.
Un hombre de unos 45 años, flaco, como si la vida le hubiera ido quitando pedazos a mordiscos lentos. Llevaba una camisa Tommy Hilfiger que ya no era blanca sino historia. Se notaba que en otros tiempos había llevado buen manduco, pero ahora el cuerpo hablaba de ayunos forzados. Aun así, la camisa era su orgullo. La marca era lo único que todavía decía: yo fui alguien.
Apenas llegó, sus ojos se le fueron al café. Se sirvió un vaso bien lleno y lo tomó despacio, como si engañara al estómago y calmara la ansiedad. Miró alrededor buscando una galletica, un pancito, algo… pero nada. En campaña se promete mucho, pero se da poco.
No habló.
Esperó.
Cargaba un cartapacio grueso, sudado, lleno de papeles. De ahí salían listas eternas de nombres, cédulas y puestos de votación. Era su tesoro. Su mercancía. Su salvavidas. Este hombre no improvisaba. Este hombre sabía a qué venía.
Este hombre era un puyaojo profesional.
Cuando por fin lo llamaron, habló bonito. Habló de desigualdad, de barrios olvidados, de la ausencia del Estado. Citó a Marx, a Lenin y a uno que otro revolucionario que jamás pisó un barrio de Cartagena, pero que siempre cae bien en estos discursos. Usó palabras grandes, rebuscadas, de esas que hacen asentir con la cabeza aunque nadie entienda del todo. Contó que había empezado a estudiar Derecho, que la plata no lo dejó seguir, que había entregado su vida a las comunidades. Que no pedía sueldo, que no buscaba nada… pero que veía en ese candidato la oportunidad para que su barrio, habitado por gente pobre pero seria, pudiera salir adelante.
El interlocutor político lo entendió todo sin decir nada.
Sonrió socarronamente mientras su mirada escrutaba los jeans roídos, el cinturón de cuerina partido y los mocasines sin brillo. Sacó un billete de cien.
Recibió la lista.
Y cada quien guardó lo suyo.
El puyaojo salió con una sonrisa ancha, de esas que no son de alegría sino de alivio. Caminó ligero hacia la puerta, estrechó la mano del asistente del político, como si el hambre pesara menos por unos minutos. Antes de irse, lo hicieron devolverse para una selfie y para entregarle afiches, pendones y gorras con la imagen del candidato, como quien sella un pacto invisible.
Días después lo volví a ver. Otro comando. Mismo cartapacio. Mismo discurso en reposo. Misma mirada fija. Esperando otra vez su turno, como si el tiempo en campaña fuera circular y los votos se pudieran vender varias veces sin perder valor.
Este relato no tiene nombres.
No señala a nadie.
Pero se repite en cada elección.
Porque en esta tierra caliente, donde la política se mezcla con el realismo mágico, los puyaojos no mueren: se reproducen. Y mientras haya campañas, siempre habrá alguien vendiendo listas como quien vende pescao en la orilla… jurando que mañana, ahora sí, llegará el día bueno.

