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Cartagena

De hacer domicilios a abrir su propio salón: la historia de una joven madre que decidió cambiar su destino

5 Minutos de lectura

Cada mañana, antes de abrir las puertas de su pequeño salón de belleza en El Pozón, Luisa Fernanda Rojano García mira una fotografía que resume la razón de todas sus luchas.

En ella aparece su hijo.

Es una imagen sencilla, pero suficiente para recordarle por qué nunca se rindió.

Porque detrás de cada trenza que realiza, cada pestaña que aplica y cada diseño de cejas que perfecciona, existe una historia de sacrificios, jornadas largas de trabajo, sueños aplazados y una decisión que cambió para siempre el rumbo de su vida.

Hoy tiene 22 años y es propietaria de Joylis, un emprendimiento de belleza que nació en la sala de su casa. Sin embargo, hace apenas unos años, la realidad era muy distinta.

Antes de convertirse en empresaria, recorría las calles de Cartagena haciendo domicilios para ayudar al sustento de su hogar.

Era una rutina exigente.

Bajo el sol intenso de la ciudad, atravesaba barrios enteros entregando pedidos mientras intentaba construir un futuro para ella y para el pequeño que había llegado a su vida cuando todavía era una adolescente.

“Mi impulso para salir adelante siempre ha sido mi bebé”, cuenta con una sonrisa que mezcla orgullo y gratitud.

Su hijo, Jorge Armando Díaz Rojano, no solo transformó sus prioridades. También se convirtió en el motor que la impulsó a buscar nuevas oportunidades cuando muchos habrían optado por resignarse.

Una oportunidad que llegó tocando la puerta

A veces las grandes transformaciones comienzan de la forma más sencilla.

En el caso de Luisa, todo empezó gracias a una conversación con una vecina.

Fue ella quien le habló de Impulso Violeta, un programa impulsado por la Alcaldía Mayor de Cartagena, a través de la Secretaría de Desarrollo Social y en alianza con ACD Consultores, orientado a fortalecer las capacidades de mujeres emprendedoras y brindar herramientas para la generación de ingresos.

La invitación despertó algo que llevaba años viviendo dentro de ella.

Porque mucho antes de pensar en tener un negocio propio, Luisa ya había descubierto una habilidad especial.

Desde los 10 años hacía trenzas.

Lo que entonces parecía un simple pasatiempo infantil terminaría convirtiéndose en la base de un proyecto de vida.

“Yo ya sabía algunas cosas, pero quería aprender más”, recuerda.

Por eso decidió inscribirse en los cursos de trenzado, diseño de cejas y pestañas.

Sin imaginarlo, aquella decisión marcaría un antes y un después.

Durante tres meses aprendió nuevas técnicas, perfeccionó procedimientos y adquirió conocimientos especializados sobre mapeo de cejas, aplicación de pestañas, peinados y tendencias de belleza.

Pero hubo algo que la impactó aún más.

“La dedicación de las profesoras. Ellas enseñaban con amor, con paciencia. Uno sentía que realmente querían vernos salir adelante”, afirma.

Lo que encontró en Impulso Violeta no fue únicamente formación técnica.

Encontró confianza.

La certeza de que sí era posible convertir un talento en una fuente de ingresos.

“Más que empezar desde cero, el programa me ayudó a reforzar los conocimientos que ya tenía”, asegura.

El kit que representó mucho más que herramientas

Al finalizar la formación, Luisa recibió un kit de trabajo.

Cabello sintético, pegamento para pestañas, henna para cejas, brochas, peinillas, geles y espumas formaban parte de los materiales entregados.

Sin embargo, para ella el valor iba mucho más allá de los productos.

Fue una señal de respaldo.

Un mensaje silencioso que le decía que alguien creía en su proyecto.

“Sentí que estaban apostando por mí”, recuerda.

Y no se equivocó.

Porque a partir de ese momento comenzó a trabajar de manera independiente.

El certificado que abrió puertas

La graduación llegó acompañada de otro elemento que transformó su perspectiva: un certificado.

Para algunos podría parecer un simple documento.

Para Luisa fue una llave.

Una credencial que respaldaba oficialmente los conocimientos que había adquirido durante años de práctica y meses de capacitación.

“A veces las personas saben que trabajas bien, pero también quieren ver que estudiaste y te preparaste”, explica.

Con certificado en mano empezó a ofrecer servicios a domicilio.

Durante más de un año recorrió Cartagena llevando consigo sus herramientas de trabajo.

Casa por casa.

Cliente por cliente.

Servicio tras servicio.

Poco a poco fue construyendo una reputación basada en la calidad de su trabajo.

Y mientras crecía su clientela, también crecía un sueño.

Ahorrar peso a peso para construir un futuro

Cada servicio realizado tenía un propósito.

Ahorrar.

Guardar recursos.

Invertir en algo propio.

Pero no estaba sola.

A su lado siempre estuvo su madre, Lisbeth, quien se convirtió en la principal aliada de un proyecto que parecía lejano, pero que ambas se negaban a abandonar.

“Mami, yo quiero montar una estética”, le dijo un día.

No había grandes inversionistas.

No existían créditos millonarios.

Solo dos mujeres convencidas de que los sueños también pueden construirse poco a poco.

Primero compraron unas sillas.

Después llegaron las mesas.

Más tarde adquirieron herramientas, productos y mobiliario.

Cada elemento representaba un paso más cerca de la meta.

Hasta que llegó el momento de buscar un local.

Los costos de arriendo eran demasiado elevados.

Entonces descubrieron que la solución estaba donde menos la buscaban.

En su propia casa.

Joylis: un nombre construido con amor

Así nació Joylis.

Un salón de belleza ubicado en el sector La Cuchara, en El Pozón, que abrió sus puertas hace apenas cuatro meses y que ya se ha convertido en el reflejo de una historia de perseverancia.

El nombre tampoco fue casual.

Es la unión de dos personas fundamentales en su vida.

“Joy” por Jorge, su hijo.

“Lis” por Lisbeth, su madre.

Dos nombres que representan las razones por las que decidió nunca rendirse.

“Ellos son mi fuerza”, dice emocionada.

Una historia que apenas comienza

Aunque hoy recibe a sus clientas en un espacio propio, la historia de Luisa comenzó mucho antes.

Comenzó cuando una niña aprendió a hacer trenzas sin imaginar que aquel talento cambiaría su destino.

Continuó cuando una adolescente decidió asumir la maternidad sin renunciar a sus sueños.

Se fortaleció gracias al apoyo de una madre que nunca dejó de creer en ella.

Y tomó impulso cuando encontró en un programa de formación una oportunidad para crecer.

Por eso, cuando habla de Impulso Violeta, lo hace desde la experiencia de quien encontró allí una herramienta real para transformar su vida.

“Impulso Violeta me ayudó a reforzar los conocimientos que tenía”, afirma.

Hoy, detrás de cada peinado, cada pestaña y cada diseño de cejas que sale de Joylis, hay mucho más que un servicio de belleza.

Hay una historia de amor, esfuerzo, resiliencia y superación.

La historia de una joven cartagenera que decidió que las circunstancias no definirían su futuro.

Y que, con disciplina, conocimiento y determinación, convirtió un sueño en una realidad que apenas comienza a escribir sus mejores capítulos.

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