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Opinión

Aquí no entra gente en mocho

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-. 𝐇𝐚𝐲 𝐚𝐜𝐨𝐧𝐭𝐞𝐜𝐢𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐪𝐮𝐞𝐝𝐚𝐧 𝐫𝐞𝐥𝐞𝐠𝐚𝐝𝐨𝐬 𝐚 𝐥𝐨 𝐦𝐚́𝐬 𝐨𝐬𝐜𝐮𝐫𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐦𝐞𝐦𝐨𝐫𝐢𝐚, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐚𝐧̃𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐮𝐞́𝐬 𝐚𝐥𝐠𝐨 𝐥𝐨𝐬 𝐡𝐚𝐜𝐞 𝐝𝐞𝐭𝐨𝐧𝐚𝐫 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐫𝐞𝐜𝐥𝐚𝐦𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐮𝐧 𝐩𝐮𝐞𝐬𝐭𝐨 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐚𝐧𝐞𝐜𝐝𝐨𝐭𝐚𝐫𝐢𝐨 𝐡𝐮𝐦𝐚𝐧𝐨.

 

 

No sé por qué en las últimas semanas me ha estado persiguiendo un recuerdo al que nunca le di mayor importancia, ni siquiera en los días que prosiguieron a la ocurrencia del suceso. Pero ahora he pensado que habría que escribirlo y publicarlo, tal vez para que por fin guarde reposo.

Ocurrió en 1991, mi tercer año como estudiante de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Autónoma del Caribe, de Barranquilla. En esa época, estimulado por la poesía de Luis Carlos López y Raúl Gómez Jattin, se me dio por escribir textos pequeños que yo calificaba como “poemas”; y hasta me integré a un taller literario que dirigía la profesora Ubaldina Díaz Romero (esa sí poeta con todas las letras), y en el cual participaban varios estudiantes que ahora son laureados periodistas, pero —tal como yo— la mayoría se olvidó de escribir poemas, al parecer, para siempre.

No recuerdo el mes, pero fue en ese mismo 1991 cuando la facultad de Periodismo, en medio de su Semana Cultural Anual, organizó un concurso de poesía, del cual me enteré por cuenta de una amiga a la que le gustaba leer mis ocurrencias. Cuando me sugirió que participara, le respondí —y era verdad— que me daba mucha pingarria tener que hacer los trámites que pedían.

—No te preocupes —repuso—. Dame unos tres poemas y yo hago el trámite, que no es que sea tan complicado. Lo que pasa es que tú eres como flojo.

Ese fin de semana, habiéndole echado tierra al asunto del concurso, me vine para Cartagena en busca de una maleta de libros y de magazines dominicales que había dejado en mi primer viaje. El lunes en la mañana, cuando regresé a la universidad, volvieron a recordarme lo del concurso. Ni siquiera había entrado al salón cuando una de las compañeras gritó: “¡Ahí viene el del premio!” Y todos aplaudieron cuando hice el ingreso.

Así fue la cosa, me gané el concurso de poesía con un solo poema que yo había titulado “Ojos”, acordándome de una canción de Rubén Blades y Willy Colón, que tiene el mismo rótulo. Lógicamente, mi escrito tenía una visión diferente y hasta lo pegaron en la cartelera noticiosa de la facultad, junto con otros premiados en diferentes actividades del mismo evento cultural.

Por motivos de mi ausencia, una de mis compañeras recibió el premio, que era un trofeo representado por un ángel con los brazos alzados y sosteniendo sobre las palmas de las manos un balón de fútbol gigante. A los pies del hombre alado estaba una plaquita con mi nombre y la información del concurso, la semana cultural y el año de edición. Nunca supe explicarles a mis parientes y amigos de Cartagena qué tenía que ver el balón de fútbol con la poesía, pero el trofeo quedó como pisapapeles del escritorio de uno de mis compañeros de parrandas.

Gracias a ese premio muchos estudiantes de las diferentes facultades se enteraron de que yo dizque escribía “poemas” y hasta empezaron a prodigarme un trato un poco diferente a la mamadera de gallo y al matoneo que se acostumbra en los ambientes estudiantiles. Pero la verdad es que me ponían incómodo con tantas deferencias, de las cuales las únicas que sentía reales eran las de la ahora famosa actriz barranquillera Indhira Serrano, quien estudiaba y modelaba en la facultad de Diseño Textil, y a quien siempre le regalaba mis textos y hasta libros de poemas de otros autores.

“Te felicito —me dijo—. Pero ojalá no se te afloje la mano. Muchos empezamos escribiendo con entusiasmo y después nos dejamos ahogar por las preocupaciones cotidianas y laborales”.

Otro de los pocos que se interesaban sinceramente por mis actividades escriturales era César Mercado, un habitante del barrio Paraíso, quien dirigía un programa llamado “Panorama 4 en punto”, que se transmitía los domingos en la tarde por Uniautónoma FM, la emisora de la universidad.

“¡Marica! —me dijo eufórico—, vamos a presentar ese poema en mi programa. Vete el domingo para allá y te entrevistamos”.

Para ese entonces, la emisora ya había sido bajada del cuarto piso de la universidad hacia el primero, pero se ingresaba por la puerta lateral que daba para la calle noventa. A pesar de que acepté la invitación inmediatamente, cuando llegó el domingo, y se estaban aproximando las cuatro de la tarde, comencé a experimentar una oleada de nervios, porque nunca había hablado ante los micrófonos de una estación radial.

Sin embargo, cumplí con la cita. Me presenté puntual, aunque antes de mí había llegado un grupo de tres jóvenes: una chica blanca como de 13 o 14 años, con el pelo largo y de negro espeso; y dos muchachos que la superaban en edad, pero no mucho. A las puertas de la emisora estaba un vigilante alto y robusto ante quien me identifiqué y me hizo pasar de inmediato, puesto que ya le habían dejado una nota con mi nombre en su aposento.

En el momento en que me dispuse a entrar, apareció César Mercado visiblemente agitado y desesperado, porque algo no estaba saliendo bien en el programa. Cuando entré a la emisora, igualmente encontré al equipo técnico amalayándose por algún asunto que yo aún no lograba captar, hasta que escuché a uno de los controles diciéndole a una locutora, “es que no dejan entrar a Shakira porque vino vestida con un mocho; y Carmiña tiene prohibido eso”.

¿Shakira?, me dije. ¡De manera que la pelaíta pelo negro que dejé parada en la puerta es Shakira¡ Claro, ya ella estaba siendo popular en la ciudad con su canción “Magia”, que las emisoras de corte romántico promocionaban discretamente, pero también a veces salía en los periódicos y en uno que otro programa de Telecaribe. Y resulta que ahora Carmiña Caballero, la directora de la emisora y vicedecana de mi facultad, no la dejaba entrar por venir vestida con un mocho.

Mientras el resto del personal de la emisora seguía tirando teléfono para encontrar a Carmiña, en pos de que esta vez suavizara un poco sus parámetros, César me hizo entrar a cabina, me presentó, me hizo leer el poema, me formuló unas cuantas preguntas cortas, me despachó en un dos por tres y volvió a correr hacia la puerta angustiado, porque el programa duraba solamente una hora.

Por mi parte, salí hacia la terraza de la emisora, y ahora sí miré a Shakira detalladamente. Noté que, mientras César y su equipo se desarticulaban de la angustia tratando de resolver el entuerto, la cantante estaba fresca, tranquila, hasta sonriente y diciendo: “y eso que no traje otro de mis pantalones, que son más cortos que este”.

Cuando llegué a mi pensión, encontré que el radio del comedor estaba sintonizado en Uniautónoma FM. Me acerqué al aparato en el preciso instante en que se estaba finalizando “Magia” y después escuché la voz de Shakira contando que las canciones de ese long play las había escrito cuando tenía ocho años. También escuché llamadas al aire, pero la que más se me grabó fue la voz morbosa de un malhadado admirador que se puso a enamorar descaradamente a la artista, pero ella le respondía con risas divertidas e inteligentes.

Varios años después, cuando ya era periodista de farándula, me tocó arribar a un hotel de la zona norte de Cartagena donde una Shakira ineludiblemente famosa  en Colombia y en el extranjero estaba recibiendo a los periodistas, pero no pude recordarle la anécdota del pantalón mocho, porque su séquito estaba bastante restrictivo y sólo alcancé a hacerle unas tres preguntas entre el tumulto de cámaras, grabadoras y libretas de apuntes. De hecho, estaba nuevamente en mocho, flaca, pelo negro, sencilla y sonriente como aquella vez.

Después volví a verla en el Hotel del Prado, de Barranquilla, durante el lanzamiento de su disco compacto “¿Dónde están los ladrones?”; y ahí sí que menos pude recordarle la anécdota del mocho, puesto que la concurrencia de periodistas, productores, empresarios del espectáculo, conductores de programas televisivos fue bien numerosa y apenas daban chance para una sola pregunta. Además, la camioneta que había llevado a los periodistas de Cartagena empezó a pitar en cuanto se terminó la rueda de prensa.

La anécdota quedó arrinconada en lo más lejano de mi memoria. Pero la resucité cuando vino a Cartagena César Mercado, procedente de Georgia, Estados Unidos, donde es pastor de una iglesia adventista del Séptimo Día. Ese mediodía, cuando estábamos almorzando, noté que él también había relegado el episodio hacia el cuarto de San Alejo de sus recuerdos, pero sí coincidió conmigo en una sola frase: “Y ahora cuánto no pagaría Carmiña por tener a Shakira en su emisora, así sea encuera”. Nos reímos. Y nos seguimos riendo.

 

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