La noche fue testigo de sus primeros aplausos en Barranquilla, la ciudad donde se hizo músico y donde su acordeón empezó a contar historias de amor y nostalgia. Allí, entre tarimas, serenatas y madrugadas largas, nació el artista que con los años se ganaría un lugar en el vallenato romántico. Pero el destino quiso que sus últimas notas no quedaran solo en los escenarios, sino en las aulas de Mompox, enseñando a niños a enamorarse del acordeón como él lo hizo desde muchacho.
El vallenato está de luto tras el fallecimiento, el pasado 30 de marzo, del acordeonero José Luis Zuluaga de León, conocido artísticamente como ‘Joche’ Zuluaga, hijo de Mompox, Bolívar, quien deja una huella marcada por su talento, su disciplina y, sobre todo, por su manera noble de ser.
Sus familiares confirmaron que el músico habría sufrido un infarto, una noticia que rápidamente corrió entre amigos, músicos y seguidores que lo conocieron no solo por su forma de tocar el acordeón, sino por su forma de tratar a la gente.
‘Joche’ hizo camino en el vallenato romántico con paciencia y constancia. Su nombre quedó ligado a canciones como La dueña de mi suerte, que interpretó haciendo pareja musical con el cantante Ramiro Padilla, además de trabajos musicales junto a Berna Escobar, que lo consolidaron como un acordeonero respetado y querido en el ambiente musical.
Desde joven hizo del acordeón su voz. Con él acompañó serenatas, animó fiestas y contó historias que se quedaron en la memoria de quienes lo escucharon. Pero si algo lo distinguía no era solo su talento, sino su forma de ser. Era un hombre afable, sencillo, de trato respetuoso, de esos que siempre tenían tiempo para saludar, aconsejar o tender una mano. En el mundo del vallenato muchos coinciden en que ‘Joche’ tenía fama de buena persona, y eso, en la vida y en la música, vale tanto como el talento.
Aún recuerdo al muchacho que quería triunfar en el vallenato, al que conocí en los años 90 en Barranquilla, en su casa frente al parque Venezuela, en la calle 90. Allí estaban los sueños intactos, el acordeón siempre cerca y la convicción de que la música sería su camino. Era un joven con ilusiones grandes y con ese brillo en los ojos que tienen los que saben que nacieron para la música.
Quizá su obra más grande no quedó solo en grabaciones o en escenarios, sino en las manos de los niños que formó. En los últimos años regresó a su tierra, a Mompox, para enseñar, para compartir lo aprendido y para dejar sembrado el amor por el vallenato en nuevas generaciones.
En Mompox no solo fue músico: fue maestro. No solo tocó acordeón: sembró sueños. Cada nota que hoy suena en manos de sus alumnos tiene algo de su paciencia, de su disciplina y de su corazón.
La Alcaldía de Santa Cruz de Mompox lamentó su partida y destacó que su pasión por la música y su compromiso con la formación de nuevas generaciones dejan una huella imborrable en la cultura del municipio.
Hoy el silencio se siente distinto en las calles donde su acordeón solía alegrar serenatas. Barranquilla recuerda al músico que luchó por abrirse camino en la noche; Mompox despide al maestro que decidió quedarse para enseñar.
Se fue ‘Joche’, pero su música no se apaga. Porque hay hombres que no solo tocan acordeón… hay hombres que dejan herencia.

