-. Juan Carlos Velásquez tiene 65 años y lleva más de cuatro décadas conversando con la madera. Ha creado más de 250 piezas, muchas de ellas vendidas o regaladas, y conserva alrededor de 80 en su casa. Son obras hermosas, delicadas y de gran detalle: rostros, cuerpos, manos, pies, animales, aves, barcos, árboles, flores y frutos. Durante años permanecieron en silencio, lejos de las galerías y de las vitrinas. Ahora, su creador cree que ha llegado el momento de abrirles la puerta y permitir que salgan de su cuarto para que otros ojos las descubran.
Hay hombres que pasan por la vida dejando fotografías. Otros dejan casas, libros, negocios, recuerdos.
Juan Carlos Velásquez ha dejado otra cosa:
formas.
Formas que estaban escondidas dentro de pedazos de madera que otros habían desechado, enterrado o dejado a merced del agua.
Él las encontró.
O quizá, como ocurre con algunos artistas, fueron ellas las que lo encontraron a él.
Al entrar al cuarto donde guarda parte de su colección, uno tiene la sensación de haber llegado a un lugar que durante años permaneció fuera del mapa.
Allí hay rostros que parecen observar al visitante. Manos abiertas. Pies detenidos en mitad de un camino. Pájaros. Reptiles. Mamíferos. Barcos. Flores. Frutos. Cuerpos humanos.
Hay piezas pequeñas que caben entre las manos y otras que obligan a levantar la mirada.
Todas tienen algo en común: están hechas con una paciencia que no se ve, pero que se siente.
Son obras hermosas.
Y también finas.
No solo por su acabado, sino por la sensibilidad con la que fueron concebidas. En ellas hay proporción, expresión, movimiento y, sobre todo, una mirada particular sobre las cosas sencillas.
Juan Carlos no necesitó mármol ni bronce.
Le bastó la madera.
La que encontró.
La que otros desecharon.
La que el mar devolvió.
La que los ríos arrastraron.
La que permaneció enterrada durante décadas.
Un museo escondido en un cuarto
Quizá lo más sorprendente no sea la cantidad de piezas que Juan Carlos ha realizado, sino el lugar donde permanecen.
Un cuarto de su casa.
Allí, cuidadosamente dispuestas, conviven más de 80 esculturas.
Es como si durante años hubiese estado construyendo un museo sin proponérselo.
Un museo sin boletería.
Sin vigilantes.
Sin catálogo.
Sin grandes paredes blancas.
Un museo nacido de la paciencia de un hombre pensionado que, en lugar de abandonar las herramientas, siguió buscando formas dentro de la madera.
Y cuando uno mira detenidamente las piezas entiende que allí hay algo que merece ser visto.
Porque estas esculturas ya no deberían permanecer únicamente en ese cuarto.
Ya es hora de que salgan de allí.
Ya es hora de que pasen de la intimidad familiar a los ojos del público.
De las repisas de su casa a una sala de exposición.
De las conversaciones entre amigos a una conversación con la ciudad.
Porque hay obras que no nacieron para quedarse escondidas.
Y las de Juan Carlos, por su belleza, por su delicadeza y por la historia que llevan consigo, merecen tener la oportunidad de encontrarse con quienes todavía no saben que existen.
Una segunda oportunidad para la madera
Juan Carlos tiene una frase que parece resumir toda su obra:
“La madera es un material tan noble e importante que merece siempre una segunda oportunidad.”
Y quizá esa segunda oportunidad también sea la que ahora está buscando para sus esculturas.
La madera tuvo una segunda vida.
Ahora sus obras buscan la suya.
El hombre detrás de las esculturas
Juan Carlos tiene 65 años. Nació en Sincelejo el 14 de enero de 1961.
Es un hombre de trato afable, colaborador y tranquilo. No habla como quien pretende imponerse. Habla como quien simplemente cuenta algo que ha hecho durante muchos años.
Y eso es precisamente lo que hace más particular su historia.
No hay arrogancia.
No hay ruido.
No hay una necesidad de proclamarse artista.
Hay, en cambio, sensibilidad.
Una sensibilidad que aparece cuando habla de la madera, cuando explica de dónde salió una pieza o cuando recuerda aquella primera pipa que talló con una navaja, entre el Canal del Dique y la bahía de Barbacoas, en 1983 o 1984.
Desde entonces han pasado más de cuatro décadas.
Más de 250 piezas.
Cinco exposiciones.
Cientos de horas de trabajo.
Muchas esculturas que ya no están con él.
Y unas 80 que todavía esperan.
Esperan que alguien las mire.
Que alguien pregunte por ellas.
Que alguien descubra al hombre que las hizo.
El tallador anónimo
Juan Carlos Velásquez ha expuesto en Punta Canoa, en la Alianza Colombo Francesa del Centro Histórico de Cartagena, en espacios empresariales de Cartagena y Soledad, y en La Reculada del Ovejo.

Es decir: ya hubo momentos en los que sus obras salieron de casa.
Pero después regresaron.
Volvieron a las repisas.
A los cuartos.
Al silencio.
Y quizá ese sea el próximo capítulo de esta historia.
Que no regresen.
Que esas esculturas hermosas y finas puedan encontrar un espacio donde sean contempladas por muchas personas.
Que los rostros tengan nuevos ojos frente a ellos.
Que las manos puedan volver a levantarse.
Que los pájaros vuelvan a volar, aunque sea sobre la imaginación de quienes los contemplen.
Que los barcos encuentren finalmente un puerto.
Y que aquel hombre que durante tantos años talló en silencio deje, por una vez, de ser anónimo.
Porque algunas obras necesitan un museo para convertirse en patrimonio.
Otras solo necesitan que alguien les abra una puerta.
Y las de Juan Carlos Velásquez llevan demasiado tiempo esperando detrás de esa puerta.

