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Internacional

Harold Ripoll no volvió: una madre busca el cuerpo de su hijo en una guerra que nunca fue suya

3 Minutos de lectura

En Santa Catalina el tiempo no pasa igual desde agosto del año pasado. Allí, donde el sol sale sin pedir permiso y la vida se cuenta en rutinas simples, hay una casa donde el reloj se quedó detenido. En esa casa vive Norys Petro. Desde que le dijeron que su hijo murió en Ucrania, el lejano país que pelea una guerra sin cartel contra Rusia, los días no avanzan: se repiten.

Norys no sabe exactamente cuándo murió Harold Antonio Ripoll Petro. Tampoco cómo. Mucho menos dónde está su cuerpo. Solo sabe que está muerto. Y esa certeza incompleta —esa muerte sin rostro, sin ataúd, sin despedida— es una herida que no cierra.

Harold era soldado profesional. Se formó en el Batallón de Infantería No. 40. Aprendió a marchar, a obedecer órdenes, a resistir. Aprendió también a callar. Tal vez por eso se fue en silencio. En mayo de 2025 dejó Colombia para enlistarse como mercenario en la guerra de Ucrania. No avisó al Estado. No hubo protocolos. No hubo banderas. Solo una decisión empujada por la necesidad.

Le prometieron 20 millones de pesos mensuales. Para un joven de 26 años, padre de dos hijos, esa cifra no era lujo: era esperanza. Era la posibilidad de sacar a su familia del rebusque, de darle algo mejor a los suyos. No se fue por gloria ni por ideología. Se fue por hambre de futuro.

Desde Ucrania llamó una vez más. Ya no hablaba de promesas, sino de recortes. El sueldo sería de 12 millones. Aun así, resistía. Nunca llegó un peso. Nunca llegó nada. Después, tampoco llegó su voz.

Lo que sí llegó fue la noticia que nadie quiere recibir. Harold había muerto en combate, supuestamente.

Desde entonces, Norys vive con preguntas que nadie responde. No sabe si su hijo cayó en combate, si fue abandonado, si alguien cerró sus ojos. No sabe si sufrió frío, miedo, dolor. No sabe si está enterrado en una fosa común o si su cuerpo aún espera en alguna morgue extranjera. No sabe nada. Y saber nada duele más que saberlo todo.

Harold dejó dos hijos pequeños, una viuda y una madre rota. La familia hoy pasa necesidades económicas, pero el mayor vacío no está en la mesa: está en la ausencia de respuestas. No hay duelo posible cuando no hay cuerpo. No hay cierre cuando no hay verdad.

Este año Harold cumpliría 27 años. En Santa Catalina lo recuerdan como un muchacho tranquilo, servicial, respetuoso. Su madre lo describe sin adornos: “responsable, amable, caballeroso”. Luego se quiebra. “Era lo único bueno que había en mi vida”.

Noris Petro.

Norys no habla de política internacional. No habla de estrategias militares ni de relaciones diplomáticas. Habla como hablan las madres cuando ya no tienen nada que perder. Ha puesto demandas ante la Embajada de Colombia en Ucrania, ante el gobierno ucraniano y ante el gobierno nacional. Ha escrito, ha insistido, ha esperado. El silencio ha sido la única respuesta.

Como Harold, muchos soldados colombianos partieron a Ucrania sin que el Estado lo supiera. Se fueron a escondidas, contratados por intermediarios, tragados por una guerra que no distingue acentos ni pasaportes. Muchos murieron. Muchos no volvieron. Y muchas familias hoy viven el mismo drama: hijos convertidos en cifras, cuerpos extraviados, historias inconclusas.

Santa Catalina también habla. El pueblo que vio crecer a Harold hoy le pide al presidente Gustavo Petro que mire hacia allá, hacia esa casa donde una madre solo quiere enterrar a su hijo. No pide dinero. No pide discursos. Pide algo elemental: encontrar sus restos y darle cristiana sepultura.

Nada más.

 

Norys Petro sigue esperando. No espera discursos ni explicaciones técnicas. Espera una respuesta humana. Un dato. Un rastro. Un lugar donde llorar.

“Solo quiero encontrar a mi hijo y enterrarlo como Dios manda”, repite.

Por eso, hoy su voz también se convierte en llamado público. Este es su número de contacto: +57 310 395 8608, por si alguien sabe algo de Harold Antonio Ripoll Petro, por si alguien puede ayudar a reconstruir el último tramo de su historia.

Porque mientras no aparezca su cuerpo, la guerra no ha terminado para ella.

Y el dolor sigue vivo, aquí, muy lejos del frente, pero igual de devastador.

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