Durante medio siglo, un silencio pequeño —pero persistente— acompañó a los egresados del Liceo de Bolívar, promoción 1975. Fue un gesto disciplinario de la época, una sanción que hoy parece improbable: por revoltosos, las directivas del plantel negaron la ceremonia de graduación. Les entregaron el diploma, sí, pero sin acto solemne, sin el himno, sin el abrazo ceremonial, sin la foto que congela el orgullo familiar.
Ese vacío simbólico se quedó a vivir con ellos.
Se volvió anécdota, herida mínima, relato de sobremesa, nostalgia callada. Hasta que, cincuenta años después, los viejos compañeros decidieron cerrar esa página pendiente.
Y lo hicieron donde todo empezó: en las antiguas instalaciones del Liceo de Bolívar —hoy la I. E. Nuestra Señora del Carmen—, las mismas aulas donde aprendieron a multiplicar, a disentir, a soñar y, según sus antiguos profesores, también a “revolver el orden natural de las cosas”. Tal vez por eso, por desafiar lo establecido, por protestar y reír más de la cuenta, se quedaron sin ceremonia aquel diciembre del 75.
Álvaro Valencia, uno de ellos, habla desde la memoria:
“Cuando uno se gradúa quiere tener la foto del recuerdo recibiendo el diploma y nosotros no tuvimos esa oportunidad”.
Y ese deseo intacto, ese anhelo que sobrevivió al tiempo, finalmente encontró su día.
La deuda histórica
Con el acompañamiento de la Secretaría de Educación Distrital, los integrantes de la promoción se reunieron para conmemorar sus bodas de oro y, con ello, la ceremonia que nunca tuvieron. Llegaron docentes, abogados, bomberos, ingenieros, periodistas, deportistas, contadores y médicos: cada uno con su historia a cuestas, con sus pérdidas y sus victorias, con la vida crecida más allá de las paredes del colegio.

El secretario de Educación de Cartagena, Alberto Martínez, los recibió con una frase que dio sentido al acto:
“Honramos una deuda que teníamos con esta promoción. Por diversas circunstancias les fue cancelada la ceremonia de graduación en su momento y queríamos rendir este homenaje sentido para que recuperen el esplendor que no tuvieron. Queremos reivindicar su historia”.
Y esa historia, tejida entre risas, abrazos, anécdotas y la nostalgia por quienes ya no están, se volvió celebración. Los hijos tomaban fotos, los nietos aplaudían, las familias acompañaban como si el tiempo hubiese vuelto al punto exacto donde se cometió la injusticia.
La foto que faltaba
Álvaro Valencia volvió a vivir su diploma, esta vez con un gesto que condensó medio siglo de espera:
“Me vine con mi mamá —contó— porque ella también quedó con la tristeza de no verme obtener mi diploma con la solemnidad que tiene un grado de bachiller”.
Y así, tomado de las manos de su madre, levantó el título que alguna vez recibió sin ceremonia. Fue una escena sencilla, luminosa, definitiva: la foto que faltaba, y que ahora, por fin, existe.

