-. Seis décadas después de graduarse de la Escuela Normal Superior de Señoritas, aquellas muchachas que jugaban baloncesto, voleibol y sóftbol, que inventaban travesuras y se protegían unas a otras con el pacto silencioso de la amistad, volvieron a reunirse. El tiempo había cambiado sus rostros, pero no había conseguido borrar la música de aquellos afectos.
Hay recuerdos que no envejecen. Se quedan en algún lugar secreto del corazón, como fotografías guardadas entre las páginas de un libro, esperando que una tarde cualquiera alguien las vuelva a abrir. Entonces regresan los rostros, las voces, las risas; regresa incluso la luz de los días que creíamos perdidos.
El pasado domingo 25 de octubre de 2026, en una casa del barrio San Pedro, la vida les concedió a las chicas del famoso sexto C de la Escuela Normal Superior de Señoritas uno de esos regalos que llegan tarde, pero llegan a tiempo: volver a encontrarse después de 61 años.
Se miraron a los ojos y, por un instante, el calendario pareció detenerse.
Allí estaban las muchachas de la promoción de 1965. Ya no llevaban los uniformes de entonces ni corrían por los patios con la ligereza de la juventud. Ahora las acompañaban las historias de una vida entera: los hijos, los nietos, los bisnietos; las alegrías que dejaron cicatrices luminosas, las dificultades vencidas y esa serena sabiduría que solo conceden los años.
Pero bastó una voz, una risa, un nombre pronunciado en medio de la conversación, para que algo de aquellas jovencitas regresara.
Porque la memoria tiene sus propios caminos. A veces basta una palabra para que reaparezca el salón de clases; un gesto, para que vuelvan los corredores; una carcajada, para que el pasado abra de nuevo sus puertas y deje salir las ganas de jugar, de conversar y de cometer alguna travesura.
Entre ellas estaban mi madre, la seño Zaida Tom Ripoll, y mi amada tía Nacifa Tom Ripoll. Verlas reunidas con sus antiguas compañeras es comprender que hay capítulos de la vida que no terminan cuando se abandona un colegio. Algunos continúan escribiéndose en silencio, durante décadas, mientras cada quien sigue su camino y la vida reparte sus destinos.
Nora Sanjuán y las travesuras de un sexto C inolvidable
Aquellas muchachas tenían la alegría de quien todavía no sabe que el tiempo habrá de pasar tan deprisa. Les gustaban el baloncesto, el voleibol y el sóftbol. Eran compañeras de estudio, pero también cómplices de una felicidad sencilla, hecha de recreos, conversaciones y pequeñas desobediencias.
Y, como en toda historia de juventud que se respete, no faltaba quien encendiera la chispa del desorden.
La memoria del grupo señala a Nora Sanjuán como una de las grandes promotoras de aquellas travesuras. No eran maldades graves ni asuntos dignos de un tribunal escolar. Eran apenas pequeñas fugas de la disciplina: maneras de alargar el recreo, de escapar por un momento de los cuadernos y de convertir cualquier descuido de los profesores en una oportunidad para reír.
Una de las tentaciones consistía en abandonar el aula para irse a jugar con el grupo que salía a practicar deportes. El entusiasmo por el baloncesto, el voleibol o el sóftbol podía más que la obligación de permanecer sentadas frente a los cuadernos.
También estaban las clases de educación física en la playa. Allí el ejercicio se mezclaba con el sol, la brisa y esa alegría que solo conocen quienes comparten la juventud. Después, cuando regresaban sudadas y sedientas, llegaba la hora de buscar alivio.
Entonces aparecía el profesor de inglés, un ancianito muy querido por sus alumnas. Ellas le contaban que tenían sed y él, con una generosidad que todavía sobrevive en la memoria, les entregaba un billetico de un peso para que compraran una gaseosa.
¡Un peso!
Hoy parece una cantidad diminuta, casi una sombra de dinero. Pero en aquellos días podía convertirse en un remedio contra la sed y en una pequeña fortuna para unas estudiantes capaces de celebrar hasta el gesto más sencillo.
Quizá el profesor nunca imaginó que aquel billetico seguiría viajando por la memoria de sus alumnas más de seis décadas después. Los maestros dejan huellas que no aparecen en las calificaciones: una palabra, una mirada, una ayuda inesperada. A veces, sin saberlo, se quedan viviendo para siempre en quienes pasaron por sus aulas.
Y si de travesuras se trataba, el sexto C tenía otras formas de hacerse notar.
En ocasiones, las muchachas se encerraban en el salón del segundo piso y comenzaban a tocar los pupitres, a palmear y a bailar. La música nacía de sus propias manos y de los golpes sobre la madera. No necesitaban instrumentos ni escenarios. Les bastaba estar juntas.
El problema era que la alegría no entendía de paredes. El ruido se escapaba hacia las aulas vecinas y, tarde o temprano, alguien podía descubrir que en aquel salón estaba ocurriendo algo más que una clase.
Por eso siempre había una compañera encargada de vigilar la llegada de algún profesor o de cualquier persona que pudiera sorprenderlas. Si aparecía una señal de peligro, había que avisar.
Entonces ocurría la metamorfosis.
Se abrían las puertas, cesaban los golpes sobre los pupitres y el grupo entero quedaba inmóvil, con una inocencia tan repentina que parecía ensayada. Como si allí no hubiera ocurrido nada. Como si la madera no acabara de convertirse en tambor y el salón no hubiera sido, por unos minutos, una pista de baile.
Pero la disciplina escolar tenía buena memoria y el regaño terminaba llegando. Algunas veces, el castigo se prolongaba hasta las siete de la noche.
Lo verdaderamente hermoso de aquella historia no era la travesura, sino lo que sucedía después. Nadie señalaba a la compañera que había comenzado el alboroto. Ninguna estaba dispuesta a entregar a otra para salvarse del castigo.
Eran traviesas, sí, pero también leales. Sabían compartir la risa y cargar juntas con las consecuencias.
Sin proponérselo, habían aprendido una de las lecciones más hondas de la amistad: celebrar juntas, protegerse en la dificultad y no abandonar a quien ha caminado a su lado.
Cuando la amistad sobrevive al calendario
Después, el tiempo hizo lo que siempre hace. Cada una siguió su camino, construyó su hogar, asumió responsabilidades y enfrentó las pruebas que la vida va dejando a su paso.
Llegaron los hijos y luego los nietos. Para algunas, la alegría volvió a multiplicarse con los bisnietos. Hubo celebraciones y despedidas, preocupaciones y triunfos. La juventud fue quedando atrás, como una estación que se aleja sin hacer ruido.
Pero aquellas compañeras conservaron un hilo invisible que los años no lograron romper.
El encuentro del 25 de octubre no fue simplemente una reunión de antiguas estudiantes. Fue una cita con la memoria. Una manera de regresar, aunque fuera por unas horas, a 1965 y reconocer que detrás de cada rostro adulto seguía viviendo aquella muchacha que compartía pupitre, jugaba en los patios y reía con sus amigas.
Carmen Prens, Hortensia Noriega, Myriam Pájaro, Nora Sanjuán, Haidé Zúñiga, Amelia Zamora, Xiomara Sabbagh y Bertilda Romero forman parte de ese grupo de mujeres que volvió a encontrarse con una historia común.
Cada una lleva su propio relato, sus recuerdos particulares y sus razones para agradecer el camino recorrido. Pero todas comparten una certeza: pertenecieron a una generación que convirtió las aulas de la Normal en un territorio de aprendizaje, convivencia y amistad.
Quizá por eso, al reunirse, no importaba tanto cuánto había cambiado cada una, sino cuánto podían todavía reconocerse.
Hay una edad en la que las conversaciones adquieren otra profundidad. Ya no se habla únicamente de lo que ocurrió ayer o de lo que habrá de suceder mañana. También se habla de lo vivido, de quienes dejaron huella, de los maestros que permanecen en la memoria y de aquellos días que uno quisiera visitar de nuevo, aunque solo fuera durante unos minutos.
Entonces las anécdotas escolares cambian de luz. Lo que alguna vez provocó un regaño termina provocando carcajadas. El castigo que parecía interminable se vuelve una historia entrañable. Y aquel billetico de un peso para comprar una gaseosa demuestra que los recuerdos más queridos no siempre nacen de los grandes acontecimientos.
A veces la felicidad tenía el tamaño de una moneda, el sabor de una gaseosa y la complicidad de una amiga que sabía guardar silencio.
La alegría que regresó a casa
De aquel encuentro me queda una imagen especialmente querida: mi madre, la seño Zaida Tom Ripoll, compartiendo de nuevo con las compañeras de sus años escolares y con mi amada tía Nacifa Tom Ripoll, rodeadas de mujeres que custodian una parte irremplazable de su historia.
Después de la reunión, he notado a mi madre más feliz.
La felicidad se le asoma en una sonrisa distinta, en una conversación que se alarga, en el deseo de volver a contar una anécdota. Y esa alegría, sencilla y luminosa, termina siendo el regalo más hermoso de este reencuentro.
Porque a veces creemos que los grandes regalos de la vida vienen envueltos, que la felicidad depende de alcanzar una meta o de recibir aquello que hemos esperado durante años. Pero hay momentos en los que basta abrazar de nuevo a una vieja amiga para comprender que el corazón también necesita regresar a los lugares donde fue feliz.
Mi madre volvió a encontrarse con una parte de su juventud. Con aquellas compañeras que conocieron sus risas de adolescente, que compartieron sus días de colegio y que guardan recuerdos que nadie más podría contar de la misma manera.
Y al verla más feliz, uno entiende que la amistad no pertenece únicamente a quienes la construyeron. También alcanza a quienes hemos crecido escuchando sus historias, a los hijos que aprendimos a reconocer esos nombres y a las nuevas generaciones que reciben, a través de la memoria familiar, una herencia hecha de afectos.

El sexto C ya no necesita un salón de clases para pasar lista. Tampoco necesita un profesor que imponga silencio cuando los pupitres comienzan a sonar. Sus integrantes llevan consigo las lecciones aprendidas, las travesuras que sobrevivieron al tiempo y la certeza de haber compartido una etapa que todavía les arranca sonrisas.
Sesenta y un años después de aquella graduación, la vida les regaló otra oportunidad para estar juntas. No para recuperar exactamente lo que fueron —el tiempo no devuelve las cosas de la misma manera—, sino para celebrar lo que lograron conservar.
La juventud se fue, pero quedaron las historias. Cambiaron los años, pero permanecieron los nombres. Y aunque cada una lleva las marcas de su propio recorrido, todavía existe un lugar donde pueden encontrarse sin demasiadas explicaciones: en la memoria compartida de aquel inolvidable sexto C.
Tal vez esa sea la verdadera graduación que les concedió la vida: descubrir que, después de tantas décadas, siguen unidas por algo más profundo que un diploma o una fotografía.
Siguen unidas por el afecto.
Y mientras mi madre conserve la alegría que le dejó el encuentro, mientras las risas de aquellas muchachas vuelvan a escucharse en sus conversaciones y mientras el recuerdo de sus travesuras siga arrancándoles una sonrisa, el sexto C continuará siendo mucho más que una promoción de 1965.
Será una forma de recordar que la amistad también tiene sus propios caminos para vencer el tiempo.
Porque hay compañeros que se quedan en los álbumes, otros que permanecen en las fotografías y unos pocos que siguen viviendo en el corazón.
Las chicas del sexto C pertenecen a estos últimos.
Y aquel domingo, en una casa del barrio San Pedro, demostraron que hay amistades capaces de atravesar 61 años sin perder su esencia. Bastó volver a encontrarse para que, por un instante, aquellas respetables madres, abuelas y bisabuelas volvieran a ser las muchachas de la Normal: las deportistas, las cómplices, las risueñas, las que golpeaban los pupitres y las que jamás delataban a una compañera.
Las mismas que, sin saberlo, estaban aprendiendo una lección que ninguna escuela podía enseñar por sí sola: que la vida pasa, pero los afectos verdaderos encuentran siempre la manera de quedarse.
Y qué fortuna la de mi madre, la seño Zaida Tom Ripoll, y la de mi amada tía Nacifa Tom Ripoll, poder volver a encontrarse con ellas.
Porque hay alegrías que no necesitan explicación. Se reconocen en el brillo de los ojos, en la risa que regresa y en esa felicidad serena de quien descubre que, después de tantos años, todavía tiene amigas con quienes compartir la vida.
Sesenta y un años después, el sexto C volvió a reunirse. Y por unas horas, el tiempo tuvo la delicadeza de hacerse a un lado para que la amistad volviera a ser joven.

