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Crónica

Julio Castaño Beltrán: la amistad, los pueblos y un título que se ganó a pulso

12 Minutos de lectura

La segunda semana de junio de 1995 todavía vive intacta en mi memoria. No por la noticia que fui a buscar, ni siquiera por el acordeón que aquella noche estremecía los ánimos del Festival Bolivarense del Acordeón, sino porque fue entonces cuando la vida, sin anunciarse y sin pedir permiso, puso en mi camino a Julio Castaño Beltrán.

Había ingresado a El Universal apenas ocho días antes. Tenía 24 años y cargaba conmigo esa mezcla de entusiasmo, inexperiencia y apuro que distingue a los periodistas cuando todavía están aprendiendo a reconocer los caminos de la noticia. El periódico me había encomendado cubrir el festival en Arjona y me había dado una instrucción concreta: buscar a Julio, el corresponsal que conocía los movimientos del pueblo, sus personajes y los pormenores de aquella celebración.

Llegué sin comer. Llevaba encima el cansancio del viaje y la premura de quien sabe que una noticia no espera a nadie. En aquellos años, el periodismo tenía otras exigencias: no había teléfonos inteligentes para transmitir una fotografía desde cualquier esquina ni internet para despachar una crónica en cuestión de segundos. Había que llegar, preguntar, observar, tomar apuntes y procurar que nada importante se escapara de la libreta.

Yo iba detrás de la noticia. Arjona, sin que lo supiera, tenía preparado para mí un regalo distinto.

Encontré a Julio y ocurrió algo que todavía agradezco. No me recibió como al practicante que llegaba desde Cartagena, ni como a un desconocido con quien debía cumplir una tarea de trabajo. Me recibió como se recibe en los pueblos a alguien que llega a la casa: sin demasiadas preguntas, sin formalidades y con la generosidad de quien entiende que el hambre de un visitante no puede esperar por las noticias.

Primero fue una comida casera: arroz con coco, aguacate y carne guisada. Después aparecieron unas cervezas Águila y la conversación comenzó a abrirse paso entre nosotros con esa facilidad que a veces tienen los encuentros destinados a permanecer. No hubo discursos sobre la amistad ni promesas de esas que se hacen para impresionar. Hubo, sencillamente, un hombre que compartió lo que tenía y otro que entendió que acababa de encontrar a alguien con quien podía contar.

Hay gestos que parecen pequeños mientras ocurren, pero terminan adquiriendo con los años una dimensión que nadie habría imaginado. Aquella comida fue uno de ellos. Julio no tenía por qué hacer más de lo que exigía su condición de corresponsal. Sin embargo, hizo algo que iba más allá del oficio: me ofreció su hospitalidad y me abrió, sin saberlo, la puerta de una amistad que habría de acompañarme durante décadas.

Era sábado y el Festival Bolivarense del Acordeón llegaba a su desenlace. La música, los concursantes y la expectativa por conocer al ganador le daban a la noche ese aire de fiesta grande que los pueblos saben construir alrededor de sus tradiciones. En medio de aquel ambiente, nosotros teníamos una misión: contar lo que estaba pasando.

Recuerdo que la corona fue para José Vázquez, el cerebro acordeonero bolivarense que en varias ocasiones estuvo cerca de conquistar el Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar junto a su hermano, el recordado Ángel Vázquez, ya fallecido. Julio hizo las fotografías. Yo escribí la historia. También entrevistamos a Mateo Torres, compositor vallenato, y conversamos con otros personajes que habían llegado a Arjona para participar en el certamen o disfrutar de una fiesta que vivía entonces uno de sus momentos de mayor esplendor.

Él se ocupaba de atrapar la noche con su cámara; yo intentaba retenerla con palabras. Cada uno cumplía su parte, atentos a los detalles, a los nombres y a las voces que después tendrían que encontrar espacio en las páginas del periódico.

No sabíamos que, mientras hacíamos periodismo, estábamos comenzando a escribir otra historia. Una que no tendría cierre de edición ni titular de primera página. Una historia hecha de confianza, de trabajo compartido, de conversaciones y de esa lealtad que se prueba con los años, cuando ya no basta con recordar cómo comenzó todo, sino que importa, sobre todo, haber permanecido.

Terminada la jornada, emprendí el regreso a Cartagena en la madrugada. Me esperaba la redacción de El Universal y la obligación de entregar la noticia para la edición del día siguiente. El cansancio podía esperar; el cierre, no. Había que volver a la ciudad, sentarse a escribir y convertir en texto lo que unas horas antes había ocurrido bajo el cielo de Arjona.

La noticia salió publicada. Cumplí con mi trabajo y seguí adelante, como lo hacen los reporteros cuando una cobertura termina y otra comienza a reclamar su atención.

Pero de aquella noche me quedó algo que no podía imprimirse en el periódico: el recuerdo de Julio recibiéndome con una comida y unas cervezas, como si la amistad fuera una cosa sencilla, de esas que no necesitan explicación.

Yo había llegado a Arjona buscando una noticia. Regresé a Cartagena con un amigo, aunque todavía no alcanzara a medir la hondura de aquel encuentro.

Hoy, cuando Julio Castaño Beltrán recibe su título de comunicador social periodista, vuelvo a esa noche y comprendo que algunas de las mejores historias de nuestra vida comienzan sin que nos demos cuenta. La noticia que escribí entonces pertenece a los archivos del periodismo; aquella amistad, en cambio, sigue viva.

Y quizá esa sea la crónica más importante que puedo contar de aquel sábado de junio: la de un joven reportero que llegó con hambre a un pueblo y encontró, en la generosidad de un hombre, alimento para el camino y una amistad para toda la vida.

Los caminos que nos fueron acercando

Con los años, nuestros encuentros en El Universal se hicieron frecuentes. Julio llegaba a entregar sus cuentas como corresponsal y yo encontraba siempre en él esa disposición de quien sabe que el aprendizaje nunca termina. Quería conocer más, hacer mejor su trabajo, descubrir otros caminos. No se conformaba con lo que sabía. Tenía esa inquietud silenciosa de los hombres que avanzan sin necesidad de anunciar cada paso.

Cuando me correspondió dirigir la página de Bolívar, nuestra relación se fortaleció. Compartimos coberturas, acontecimientos, personajes y muchas de esas historias que nacen en los municipios, donde la noticia no siempre está en los grandes discursos, sino en la vida cotidiana de la gente: en sus costumbres, en sus celebraciones, en sus dificultades y en la manera de enfrentar el día a día.

Nos fuimos haciendo más amigos. Nuestros hijos llegaron a conocerse y las conversaciones comenzaron a extenderse más allá de la reportería. Hablábamos de nuestras familias, de los pueblos, de la gente que nos había formado y de esas tradiciones que uno lleva consigo, aunque cambie de ciudad y pasen los años.

Porque Julio y yo compartimos algo que no se aprende en ninguna universidad: el orgullo de venir de pueblo.

Y quien viene de pueblo sabe que hay cosas que no se negocian. La palabra empeñada, el respeto por los mayores, el valor de la amistad y la costumbre de compartir lo poco o lo mucho que se tiene. Sabe también que la vida está hecha de pequeñas ceremonias: el café de la mañana, la conversación en la terraza, la visita inesperada y el alimento que se ofrece al amigo sin preguntarle cuánto tiempo piensa quedarse.

De Julio siempre he admirado su lealtad, su tesón, su prudencia y su manera de permanecer fiel a sí mismo. Es un hombre que no necesita levantar la voz para hacerse sentir. Tiene una sonrisa serena, de esas que alivian las cargas, y una manera de tratar a los demás que revela su condición humana. No es hombre de peleas ni de discusiones innecesarias. Prefiere escuchar, observar y seguir adelante.

Es, sencillamente, un cultor de la amistad.

Y en estos tiempos, cuando tantas relaciones parecen depender de la conveniencia, encontrar a alguien que conserve intacta esa virtud es una fortuna.

Los bollos de mazorca y el orgullo de ser de pueblo

Todavía recuerdo sus llegadas a El Universal con los bollos de mazorca de Arjona. Los llevaba orgulloso, como quien trae consigo un pedazo de la casa. Se acercaba y, casi en silencio, me decía que estaban acabados de salir de la olla. Después defendía, con la convicción de quien no admite discusión, que los bollos de su pueblo eran los mejores del mundo.

Nunca me atreví a contradecirlo, aunque los de Mariana, mi paisana catanera, no tienen comparación.

No porque tuviera pruebas de semejante superioridad gastronómica, sino porque entendía que Julio no estaba hablando solamente de bollos. Estaba hablando de Arjona, de sus raíces, de su gente y de esa felicidad sencilla que se encuentra en los sabores de la infancia. En cada bollo venían la memoria de su tierra y el orgullo de pertenecer a ella.

Hay hombres que, cuando llegan lejos, procuran disimular de dónde vienen. Julio ha hecho lo contrario: ha llevado a su pueblo consigo, lo ha puesto en sus conversaciones y lo ha convertido en parte de su manera de mirar el mundo.

Y es que los pueblos se quedan viviendo en uno de muchas maneras. A veces regresan en el acento; otras, en una canción, en el nombre de un amigo de la infancia o en la evocación de una calle por donde alguna vez caminamos sin sospechar que esos lugares terminarían convirtiéndose en la geografía sentimental de nuestra existencia.

En Julio, Arjona permanece vivo. Está en su forma de recibir a los amigos, en la sencillez con la que comparte, en el orgullo con que habla de sus orígenes y en esa manera tan suya de caminar por la vida sin creerse más que nadie.

Eso también es una forma de grandeza.

El fotógrafo que aprendió a contar historias

Con el paso de los años, su trabajo fue creciendo. La fotografía se convirtió en una de sus grandes fortalezas y llegó a asumir la jefatura de fotografía de El Universal. Afinó el ojo, perfeccionó la técnica y aprendió a encontrar en cada imagen algo más que un instante. Porque una fotografía no es solamente lo que aparece frente al lente; también es aquello que el fotógrafo consigue descubrir detrás de lo visible.

En el periodismo gráfico hay que tener paciencia, intuición y una sensibilidad especial para entender cuándo ocurre algo que merece ser preservado. No siempre la mejor fotografía es la más espectacular. A veces es la que recoge un gesto imperceptible, una mirada que habla por sí sola o una escena cotidiana en la que se revela, sin aspavientos, la condición humana.

Julio ha hecho de esa mirada una herramienta de trabajo y una manera de acercarse a la gente.

Pero no se quedó en la imagen. También escribe, cuenta historias y se acerca a la crónica con la sensibilidad de quien entiende que las personas son mucho más que un nombre en una noticia. Su trayectoria ha sido la de un hombre que ha aprendido haciendo, preguntando, escuchando y trabajando, sin perder el deseo de superarse.

La fotografía le permite detener el tiempo; la escritura, devolverle movimiento. En ambas encuentra la posibilidad de contar aquello que merece ser recordado.

También tuvo la oportunidad de compartir el oficio con periodistas de experiencia, entre ellos el recordado reportero gráfico Ever Durán Vergara, quien fue igualmente un gran amigo mío. De aquellos años quedaron aprendizajes, jornadas exigentes y esa certeza de que el periodismo se aprende en buena medida en la calle, al lado de quienes conocen el oficio y saben que cada cobertura trae sus propias dificultades.

Julio fue construyendo su camino con paciencia. No llegó de la noche a la mañana al lugar que hoy ocupa. Hubo detrás muchas jornadas, muchos acontecimientos, muchas fotografías y una disposición permanente a aprender.

Por eso su historia profesional merece ser contada sin exageraciones: su mayor mérito está precisamente en haber avanzado a pulso, sin renunciar a sus raíces ni perder la sencillez que lo caracteriza.

Un título que llega después de muchos años de oficio

Por eso me alegra tanto que hoy reciba su título de comunicador social periodista de Unitecnar en convenio con la Corporación Universitaria Antonio José de Sucre.

No porque el diploma lo convierta, de repente, en algo que no era, sino porque reconoce académicamente una vocación que ha cultivado durante años. Este título llega después de muchas jornadas, de muchas historias, de esfuerzos personales y de una voluntad que no se rindió ante el paso del tiempo.

Hay decisiones que dicen mucho de una persona. Volver a estudiar, buscar una formación profesional y alcanzar una meta cuando ya se han recorrido años de trabajo es una de ellas. Supone reconocer que siempre hay algo nuevo por aprender, que la experiencia no está reñida con la formación académica y que los sueños no tienen por qué quedarse archivados en algún rincón de la memoria.

Julio ha demostrado que nunca es tarde para avanzar.

Hoy recibe su diploma, pero detrás de ese documento hay mucho más: están los años de trabajo, las responsabilidades asumidas, las historias contadas, las fotografías tomadas y la voluntad de seguir creciendo.

Está también su familia, que tiene motivos de sobra para sentirse orgullosa. Porque cada conquista personal tiene una historia que no siempre aparece en las fotografías de la ceremonia: el respaldo de los seres queridos, los sacrificios cotidianos y la satisfacción de ver que el esfuerzo termina dando frutos.

Y estamos quienes lo hemos acompañado en distintos momentos de su vida, quienes recordamos al corresponsal de Arjona, al compañero de las jornadas periodísticas, al fotógrafo que se hizo a pulso y al amigo que nunca necesitó grandes demostraciones para hacer sentir su afecto.

Yo, que lo conocí aquella noche de junio de 1995, cuando apenas comenzaba mi propia historia en El Universal, celebro hoy este logro con una emoción que va más allá de la felicitación de rigor.

Porque los años me han permitido conocer al profesional, pero también al hombre. Y puedo decir que una de las cosas más valiosas de Julio es que ha sabido avanzar sin perder su esencia.

Sigue siendo el hombre de pueblo, el amigo leal, el que habla de Arjona con orgullo, el que sabe escuchar y el que conserva esa sonrisa con la que parece recordarnos que no todo tiene que convertirse en una disputa.

Los títulos que no entrega ninguna universidad

Querido Julio: hoy me alegro por tu título, por tu familia y por todo lo que representa esta conquista. Me alegro porque sé que detrás de ella hay esfuerzo y porque conozco la voluntad que te ha traído hasta aquí.

Que Dios continúe acompañando tus pasos. Que nunca pierdas la curiosidad del reportero, la sensibilidad del fotógrafo ni la paciencia de quien sabe que las buenas historias se construyen mirando con atención. Que sigas escribiendo, fotografiando y contando la vida de nuestra gente, esa que tantas veces pasa inadvertida, pero que merece ser recordada.

Y que nunca dejes de ser el hombre que llegó a la redacción con unos bollos de mazorca recién hechos, orgulloso de su pueblo y dispuesto a compartirlos con sus amigos.

Hoy te gradúas como comunicador social periodista. Pero yo quiero celebrar también al hombre que has sido durante todos estos años: un hombre de bien, un profesional perseverante y un amigo de verdad.

Porque aquella noche en Arjona yo llegué buscando una noticia y terminé encontrando algo mucho más duradero. La noticia se publicó al día siguiente y seguramente hace tiempo dejó de ser recordada. La amistad, en cambio, ha seguido escribiéndose, sin necesidad de titulares, a través de los años.

A veces pienso que eso es lo verdaderamente hermoso de nuestro oficio: nos lleva por caminos que no conocemos, nos permite entrar en las casas de personas que nunca habíamos visto y nos acerca a historias que terminan transformándonos. Creemos que salimos a buscar noticias, pero regresamos con recuerdos, afectos y amistades que nos acompañan mucho más allá de la jornada laboral.

Eso me ocurrió contigo, Julio.

Aquella noche, mientras tú hacías fotografías y yo buscaba las palabras para contar el festival, comenzó una historia que ha resistido el paso de los años. Una historia sin grandes declaraciones, sin promesas solemnes y sin necesidad de recordatorios permanentes. Una amistad hecha de trabajo compartido, de conversaciones, de confianza y de esa lealtad que se demuestra permaneciendo.

Hoy vuelvo a tomar la palabra para celebrar uno de tus triunfos más importantes. Esta vez no tengo que correr para llegar al cierre de edición ni preocuparme porque la noticia salga publicada a la mañana siguiente. Puedo detenerme a mirar el camino y decirte, con el cariño que merecen los amigos verdaderos, que me siento orgulloso de ti.

Felicitaciones, Julio Castaño Beltrán.

Que este título sea una nueva puerta para tus sueños, pero que nunca te haga olvidar las puertas que encontraste abiertas cuando comenzabas a recorrer el camino.

Porque los diplomas reconocen el conocimiento, la experiencia acredita el oficio y el tiempo pone a prueba el carácter.

Pero la amistad, esa que se construye con lealtad, sencillez y afecto, termina siendo uno de los títulos más hermosos que un hombre puede llevar consigo.

Y tú, Julio, hace muchos años que lo tienes.

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