La última vez que Yeison Jiménez cantó en Cartagena no hubo silencio. Hubo aplausos largos, de esos que no se piden y no se cortan. Fue el 31 de diciembre pasado, en la tradicional fiesta de San Silvestre del Hotel Las Américas, una noche compartida con Silvestre Dangond y el Gran Combo de Puerto Rico, donde la música fue celebración y despedida sin que nadie lo supiera.
En el salón, la gente se puso de pie no por protocolo, sino porque así se reconoce a quien conecta de verdad. Yeison salió tarde, sí. Pero cuando tomó el micrófono, nadie volvió a mirar el reloj. Cantó como siempre: con el pecho abierto, con la voz firme y a ratos quebrada, convirtiendo historias de dolor, amor y resistencia en canciones que la gente siente propias.

Cartagena lo recibió como se recibe a los suyos. Y él respondió con entrega y respeto. Entre vallenatos, salsa y música popular, su voz encontró su lugar. Al final, levantó la mano, sonrió y miró al público como quien guarda una imagen para llevársela consigo. Los aplausos siguieron incluso cuando ya no estaba en el escenario.
Hoy, con la noticia de su muerte golpeando de frente, esa ovación cobra otro sentido. No fue solo el cierre de un concierto ni el final de un año. Fue una despedida. Yeison Jiménez se fue joven, pero se fue lleno: de escenarios abarrotados, de canciones coreadas a gritos y de un público que encontró en su música una forma de aguantar la vida.
Su voz ya no sonará en vivo, pero seguirá apareciendo en los carros, en las casas, en las madrugadas donde alguien canta bajito para no llorar. Y en Cartagena quedará ese recuerdo intacto: el de una noche de San Silvestre, un escenario compartido con grandes, y un artista al que se le aplaudió de pie, como se aplaude a quienes se van dejando huella.

