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Bolívar

El arroz chino que se volvió calle: la historia en la que el COMPI llevó el pavimento y cumplió un sueño

2 Minutos de lectura

Hay historias que no nacen en los escritorios ni en los discursos, sino en las esquinas polvorientas donde la necesidad se vuelve ingenio. Esta empieza un 24 de noviembre de 2024, en el barrio El Paraíso, en El Carmen de Bolívar, donde el concreto no era más que una promesa lejana y la calle, esa herida abierta de tierra y polvo, parecía condenada a seguir esperando.

Pero la comunidad decidió no esperar más.

Entonces ocurrió lo impensable: entre fogones improvisados, woks encendidos y manos que sabían más de lucha que de recetas, el barrio entero se organizó para vender arroz chino. No era solo comida. Era una declaración silenciosa: si el progreso no llega, lo cocinamos. Cada plato vendido llevaba algo más que sabor; llevaba la esperanza convertida en monedas, el sueño convertido en aporte.

El programa COMPI (Construcción de Obras Motivadoras de Participación Integral) es el ‘brazo’ de la Gobernación de Bolívar que se une a las Juntas de Acción Comunal para transformar el metro cuadrado de la gente.

Eso ocurrió en este barrio, así como en decenas de comunidades en todo Bolívar.

Esa primera imagen —la del arroz chino— no es una anécdota: es un símbolo. Es la dignidad negándose a rendirse.

Meses después, el 9 de agosto de 2025, la historia ya no olía a cocina sino a cemento fresco. La calle comenzaba a transformarse bajo la luz de los reflectores, porque los trabajos no se detenían ni siquiera cuando caía la noche. Y allí estaba la comunidad, la misma que vendió arroz, ahora convertida en veedora de su propio destino. Ojos atentos, manos cruzadas, pero corazones vigilantes: que la obra quedara bien, que cada centímetro fuera digno de lo que habían luchado.

No era solo una calle en construcción. Era un pacto colectivo haciéndose realidad.

La historia, cargada de orgullo y emoción, fue compartida en X por el gobernador Yamil Arana, quien celebró con visible felicidad este proceso como un verdadero “dúo” entre el gobierno y la comunidad. No como una obra impuesta, sino como una sinfonía construida entre todos, donde cada esfuerzo tuvo su lugar y cada voz fue escuchada.

Y entonces, llegó el video como final feliz, dirán algunos. Pero en realidad no es un final: es la prueba de que cuando la gente se organiza, los finales felices dejan de ser ficción. La calle pavimentada no es solo concreto; es memoria, es esfuerzo, es comunidad.

Eso es el COMPI. No como sigla fría, sino como camino compartido. Un paso a paso que no se mide en metros de vía, sino en historias de gente que decidió no resignarse.

Porque en El Paraíso, la calle no la hicieron las máquinas.

La hicieron ellos. Con arroz, con noches en vela y con una certeza que ya nadie les quita: que los sueños, cuando se trabajan juntos, también se pueden pavimentar.

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