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Opinión

El martes en que las “gemelas” cayeron sobre Cartagena

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Hay días que uno recuerda por la fecha. Otros, por el lugar donde estaba. Y hay algunos que quedan guardados en la memoria con una precisión casi fotográfica: quién estaba al lado, qué estaba haciendo, qué se dijo y hasta la frase que, muchos años después, vuelve a aparecer de repente, como si hubiera estado esperando todo este tiempo.

El 11 de septiembre de 2001 era martes.

En Cartagena, como casi todos los martes, la ciudad tenía su propia manera de empezar el día: tranquila, bullanguera, desprevenida, calurosa. Yo trabajaba entonces en El Universal y aquella mañana estaba haciendo una entrevista al doctor Álvaro Carcamo Álvarez, quien era director del DADIS. A su lado estaba su jefe de prensa, mi amigo y compadre Juan Carlos Díaz Martínez.

Nada hacía pensar que, mientras nosotros hablábamos de asuntos de salud pública, al otro lado del continente estaba comenzando uno de los capítulos más dolorosos de la historia contemporánea.

Y entonces ocurrió.

Un primer estallido.

Al principio nadie sabía exactamente qué estaba pasando. Las primeras informaciones hablaban de un accidente. Eso pensamos muchos. Un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas. Una tragedia, sí, pero todavía nadie alcanzaba a imaginar que aquello apenas era el comienzo.

Y en medio de esa confusión ocurrió una escena que hoy, 25 años después, recuerdo con la misma claridad que las imágenes de las torres ardiendo.

Una reconocida periodista de Cartagena, molesta porque el director del DADIS no le concedía una entrevista, hizo saber, con esa vehemencia que también forma parte del oficio, que iba a “tirarle” al funcionario.

Juan Carlos, con ese sentido del humor con el que nacen los sanjacinteros incluso cuando la realidad se pone seria, le respondió:

—Uh, caramba, se acaban de caer las gemelas. Nadie te va a escuchar por radio.

La frase provocó la risa del momento.

Pero poco después ya no había mucho de qué reírse.

Las imágenes comenzaron a multiplicarse. La segunda torre había sido impactada. Luego vino el humo, el desconcierto, la gente corriendo, las calles de Nueva York convertidas en una escena que parecía sacada de una película de catástrofes, pero que era dolorosamente real.

Y entonces entendimos que no estábamos frente a un accidente.

Era un ataque terrorista.

La ciudad de Cartagena, que hasta ese momento seguía con su ritmo habitual, comenzó a detenerse frente a los televisores. Recuerdo haber visto una ciudad paralizada por una noticia que ocurría a miles de kilómetros, pero que de alguna manera sentíamos cercana.

En El Universal cambió todo.

Los periodistas dejamos de hacer lo que estábamos haciendo y comenzamos a hacer lo que mejor sabíamos: buscar historias.

¿Había colombianos allá?

¿Había cartageneros?

¿Quiénes estaban en Nueva York?

¿Quiénes no habían podido comunicarse con sus familiares?

¿Había alguien de nuestra ciudad trabajando cerca de las torres?

En aquellos años no existían las redes sociales como las conocemos hoy. Comunicarse con Nueva York podía convertirse en una angustiosa espera. Los teléfonos se congestionaron y en Cartagena comenzaron a aparecer familias desesperadas tratando de obtener una señal, una llamada, una noticia.

El horror había cruzado el océano.

Días después supe con más detalle que entre las víctimas colombianas estaba un cartagenero: Hernando Salas, de 71 años. Había nacido y crecido en Cartagena y se había marchado a Nueva York a comienzos de los años sesenta con su esposa Carolina. Después de una vida de trabajo, incluso después de jubilarse, encontró un empleo como secretario en una oficina ubicada a pocos metros de las Torres Gemelas.

Ese 11 de septiembre logró salir del edificio.

Pero no logró escapar de la tragedia.

El humo y los escombros terminaron alcanzándolo en la calle.

Hernando fue uno de los 19 colombianos que murieron aquel día.

Y hubo otra historia que años después volvió a ponerle rostro cartagenero a aquella tragedia: la de Katya Varela Barragán, una cartagenera que vivía en Nueva York y que relató cómo salió aquella mañana de Long Island rumbo a Manhattan, cómo escuchó en el tren que un avión había golpeado una de las torres y cómo, después de la evacuación, terminó caminando entre una multitud que buscaba desesperadamente salir de la isla.

Pero aquel 11 de septiembre de 2001, nosotros todavía no conocíamos todas esas historias.

Las estábamos buscando.

Éramos periodistas tratando de aterrizar una tragedia mundial a nuestra propia realidad. Porque una noticia puede ocurrir en Nueva York, en Washington o en cualquier lugar del planeta, pero cuando toca a uno de los nuestros deja de ser una noticia distante.

Se convierte en una historia de Cartagena.

El Universal publicó esa tarde una edición extra. En la portada, una palabra resumía lo que todos sentíamos: “Horror”. Al día siguiente, el periódico contaría cómo las consecuencias de aquel ataque también habían llegado a Cartagena, donde familiares de personas en Estados Unidos se agolpaban en busca de noticias.

Han pasado 25 años.

Un cuarto de siglo.

Y todavía puedo regresar con la memoria a aquella entrevista con el director del DADIS, a Juan Carlos, a aquella frase sobre “ tumbaron a las gemelas” que comenzó como una ocurrencia cartagenera y terminó convertida, sin que lo supiéramos, en una frase que pertenecía a un día que iba a cambiar la historia.

A veces pienso que así funciona el periodismo.

Uno sale una mañana a buscar una noticia y termina encontrándose con la historia.

Aquel martes yo estaba haciendo una entrevista.

Nueva York estaba ardiendo.

Cartagena todavía no lo sabía, pero también estaba viviendo uno de esos días que después de ocurrir ya nunca vuelven a ser martes.

Porque hay fechas que pasan.

Y hay fechas que se quedan a vivir para siempre en la memoria.

El 11 de septiembre de 2001 fue una de ellas.

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