El señor Wilberto Garrido Castro tiene una cita con el silencio frente al mar, sobre las murallas de Las Bóvedas y Las Tenazas.
A esa hora en que Cartagena todavía bosteza entre sombras, sus únicos testigos son su bombardino, un vigilante y un par de gatos trasnochados.
De lunes a viernes, entre las cinco y las seis de la mañana, llega con la puntualidad de un reloj.
No sé quién le enseñó esa disciplina, pero imagino que viene de lejos, quizá de aquellos años en que sus prácticas musicales, cerca de las viviendas, le valían insultos y reprimendas de solteronas desveladas y dormilones que consideraban una ofensa que alguien se atreviera a hacer música mientras ellos intentaban dormir.
Wilberto aprendió la lección y buscó otro escenario.
Y qué escenario escogió.
Allí, sobre la muralla y frente a ese mar que nunca guarda silencio, encontró la complicidad de las olas, el aire fresco de la madrugada y un público que no necesita comprar boletas.
Los caminantes que salen a ejercitarse reciben de regalo sus melodías, mientras los turistas enamorados se llevan una imagen de Cartagena que difícilmente olvidarán.

Mientras la ciudad duerme, Wilberto le arranca música a la madrugada.
Y uno termina pensando que hay hombres que no necesitan un teatro para sentirse artistas: les basta una muralla, un bombardino y el mar dispuesto a acompañarlos.
Porque hay quienes esperan que la ciudad despierte para comenzar el día y hay otros, como Wilberto, que se encargan de despertarla con música.
A esos hombres no siempre los anuncia un escenario ni los aplaude una multitud.
A veces los acompañan apenas la brisa, el rumor de las olas y esa soledad luminosa que también sabe escuchar.
Y allí está Wilberto, puntual a su cita, soplándole al amanecer una canción para que Cartagena recuerde que, antes de abrir los ojos, ya alguien le está poniendo música al corazón.

