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Opinión

Segunda vuelta presidencial: un sprint de miedos e intereses

2 Minutos de lectura

Nicolás Maquiavelo no temía propiamente a los hombres, sino a la fragilidad de sus pasiones cuando se reúnen en masa. El pensador florentino intuía que la democracia, cuando se despoja de la sensatez y se entrega a una multitud desinformada, deja de ser un ejercicio ciudadano para convertirse en un volcán en erupción. Un cráter rugiente que no razona, sino que devora cuanto encuentra a su paso, impulsado por la lava incandescente de la manipulación.

Hoy, de cara a la segunda vuelta presidencial, el escenario se complejiza. El país se debate en un sprint agónico donde los corredores ya no apelan a la inteligencia del elector, sino a sus fibras más primitivas. Cuando la calle está dura, cuando el asfalto quema bajo los pies de quienes padecen el hambre, la incertidumbre y la necesidad, el voto deja de ser una elección estrictamente ideológica para transformarse en un acto de supervivencia. En ese territorio de escasez, el miedo y los intereses terminan dirigiendo la orquesta.

Como si fuera poco, en este tramo final emerge una nueva figura: el caudillo digital. Armado con algoritmos e inteligencia artificial, este estratega moderno no busca proponer, sino demoler. Su tarea consiste en amplificar errores, exponer violaciones de derechos, airear contradicciones y señalar supuestos delitos que abarcan desde el ámbito familiar hasta el criminal contra el Estado. La política se convierte entonces en un tribunal de linchamiento virtual, un bombardeo incesante donde la mentira, por el simple peso de su repetición algorítmica, termina transformándose en verdad dentro de la mente de muchos ciudadanos.

Ante este panorama, pedir mesura a los candidatos parece una utopía; equivale a intentar vaciar el mar con un vaso de plástico. La marea de la ambición los sobrepasa.

Por eso, Colombia no necesita más ruido; necesita una pausa. Un alto en el camino que sea espiritual, conductual y profundamente humano. Si los aspirantes al poder solo buscan sumar ejércitos de adeptos incondicionales, vale la pena recordar la lección del rey Salomón, quien en su juventud desestimó el poder de las armas y la riqueza material para pedir únicamente sabiduría con la cual gobernar.

Y aunque la historia nos recuerda que, como todo ser humano, Salomón también cometió errores, su lucidez inicial continúa siendo un faro ético. Nos corresponde a nosotros, los ciudadanos que sostenemos el bolígrafo frente al tarjetón, comprender que la verdadera gobernanza requiere virtudes que no se miden en likes ni en encuestas: justicia, caridad, humildad, amor, perdón y solidaridad.

Que esta segunda vuelta no sea una entrega sumisa al mejor manipulador de redes, sino una oportunidad decisiva para que los ciudadanos definamos el destino de la patria guiados por el criterio, la reflexión y el rigor de un buen análisis

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