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Cartagena

Álvaro Mellado, el “cocinero humanitario” de Colombia, superó tres años en la calle gracias al Hogar de Paso Segundas Oportunidades

3 Minutos de lectura

Vidas que Cuentan, una iniciativa de la Alcaldía Mayor de Cartagena.

-Hoy, Álvaro está en el Hogar de Paso Segundas Oportunidades, una estrategia de la Alcaldía Mayor de Cartagena que atiende hasta 80 personas diariamente y busca ofrecer acompañamiento integral a habitantes de calle y personas en alta vulnerabilidad.

Allí encontró un punto de quiebre.“Volví a sentir amor de familia”, asegura.

-En el hogar encontró acompañamiento profesional, seguimiento y una red de apoyo. Pero también recuperó algo que daba por perdido: la posibilidad de sentirse útil. Volvió a la cocina.

Hay historias de caída que no empiezan en un solo error ni terminan en un solo día. La de Álvaro Mellado Guzmán es una de esas.

Durante cerca de diez años recorrió Colombia y varios países de Suramérica cocinando para otros. Lo hacía en barrios vulnerables, comedores comunitarios, jornadas sociales y emergencias humanitarias. Preparaba alimentos para niños, adultos mayores y familias que no tenían qué comer. Su sello era un plato al que bautizó “arroz de oro”: una mezcla abundante de arroz, pollo y cerdo, teñida con el color intenso de la cocina Caribe.

No habla de esa etapa como un negocio, sino como una misión. “Mi meta era ayudar”, recuerda.

Su historia, sin embargo, dio un giro abrupto. Una ruptura sentimental, malas decisiones y el consumo de drogas fueron desmontando la vida que había construido. Perdió estabilidad, vínculos y rumbo. Lo que durante años había levantado se vino abajo hasta dejarlo en la calle.

“Caí en amistades que no me convenían y todo se vino abajo”, resume.

Primero en Cartagena. Después en Medellín. Durante casi tres años transitó entre casas abandonadas, andenes y lugares improvisados para pasar la noche.

“Duré casi tres años”, dice.

*La noche como resistencia*

Quienes han vivido en calle suelen describir el día como incertidumbre y la noche como una prueba. Dormir no significa descansar, sino mantenerse alerta. No hay seguridad ni refugio pleno, apenas la posibilidad de resistir hasta la mañana siguiente.

En ese entorno, cuenta Álvaro, la droga apareció como una salida rápida y terminó convirtiéndose en una cárcel.

“Me alejó de la familia, de todo”.

Habla de ese tiempo con frases cortas y silencios largos. Hay recuerdos que pesan más cuando se nombran.

*El hogar donde empezó el regreso*

Hoy, Álvaro está en el Hogar de Paso Segundas Oportunidades, una estrategia del Distrito de Cartagena que atiende hasta 80 personas diariamente y busca ofrecer acompañamiento integral a habitantes de calle y personas en alta vulnerabilidad.

Allí encontró un punto de quiebre.

“Volví a sentir amor de familia”, asegura.

Su proceso no fue lineal. Durante un tiempo entraba y salía del hogar. Dormía allí una noche y al día siguiente regresaba a la calle. La desconfianza, los hábitos adquiridos y la dificultad de sostener una rutina hacían parte del proceso.Hasta que tomó una decisión distinta.“Decidí quedarme internado”.

No lo dice como quien habla de encierro, sino de oportunidad. Lleva tres meses en ese camino.

*Volver a ser útil*

La recuperación, explica, no ha sido solo física. También ha sido espiritual.

“Mi vida está cambiando espiritual y físicamente”.

En el hogar encontró acompañamiento profesional, seguimiento y una red de apoyo. Pero también recuperó algo que daba por perdido: la posibilidad de sentirse útil.

Volvió a la cocina.

Entre ollas, fogones y alimentos, no se define por lo que perdió, sino por lo que sabe hacer. Cocina nuevamente para otros y en ese gesto reconstruye parte de su identidad.

“Estoy aportando mi granito de arena”.

*Lo que no se apagó*

Antes de llegar a la calle, Álvaro había creado un negocio de comidas y destinaba parte de sus ingresos a jornadas solidarias. Con el tiempo amplió ese trabajo a distintos municipios y luego a otras regiones del país.

Uno de los episodios que más recuerda ocurrió en Mocoa, tras la avalancha de 2017. Allí llegó para cocinar más de mil platos diarios en medio de la emergencia.

No lo cuenta como una hazaña personal, sino como coherencia con una forma de vivir.

Ese impulso, dice, no desapareció. Solo se detuvo.

Hoy no centra su relato en lo perdido. Prefiere hablar de lo que viene: volver a cocinar, servir y retomar su vocación humanitaria, esta vez desde otro lugar.

“Voy a seguir mi legado”. Un mensaje directo

Si algo tiene claro después de lo vivido, es el mensaje que quiere dejar.

“No le recomiendo la calle a nadie”.

A los jóvenes les habla sin rodeos sobre el riesgo del consumo de drogas. A las familias les insiste en algo más simple: escuchar a tiempo.

Porque a veces, lo que parece una advertencia cotidiana termina siendo una oportunidad de salvarse.

*Empezar de nuevo*

Hoy, Álvaro se mueve entre tareas diarias, procesos internos y nuevos hábitos. Dice que está empezando de cero, pero no desde la derrota, sino desde la experiencia.

“Estoy en una etapa de empezar nuevamente de cero, porque las segundas oportunidades existen”.

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