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¿Existen las brujas?, el “Rey Culillo”, de Evitar (Mahates), dice que si

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Desde que llegó la luz eléctrica en Evitar, corregimiento de Mahates, no se menciona a aquellas mujeres enigmáticas que encantaban a cualquiera con una mirada o podían convertirse en el animal de su predilección, pero Reynaldo Rosado Herrera, el “Rey Culillo”, a sus 80 años, dice sentir su presencia en las noches de luna llena.

Rosado Herrera coincide con el investigador cultural, Guillermo Valencia Fernández, en que hubo un tiempo en que los zánganos y las brujas mandaron en la región de Lamba, como antes era conocida la zona del Canal del Dique. Por aquellos tiempos la gente se encerraba desde las seis de la tarde para evitar contratiempos, pues la oscuridad de la noche era cómplice de las apariciones que atemorizaban a los lugareños.

***

Cierto día de hace unos sesenta años cuando sólo los golpes de tambor y el canto de Pajarito alegraban la vida en Evitar, y el “Rey Culillo” estaba en sus 20, con la salud y la fuerza de un toro nuevo; el paso de una joven morena, de cintura fina y caderas grandes, cara agraciada y voz angelical, por la calle contigua a su residencia, lo puso a ver la vida de otra manera. Dice que se reía solo, y en su mente nada más estaba ella. Esa misma noche fue a visitar a su amor con una excusa baladí solo para verla. Sin saber qué decir se apareció en su puerta, pero por alguna razón, no pudo modular palabra. Así que le regaló un concierto de sonrisas, mientras el padre de la joven custodiaba el encuentro.

El ”Rey Culillo” dice que una sensación rara, más poderosa que el amor, comenzó a invadirlo poco a poco. No supo cómo despedirse, pues por más que intentaba hablar, frente a la muchacha de sus amores, no podía. Entonces se despidió, levantando la mano derecha, sonriendo como bobo y salió raudo de esa casa, apenado por su mudez momentánea. En el camino, en medio de la oscuridad, se tropezó con un labriego y sin pensar le dijo: “Juepa”. Advirtiendo que podía hablar, siguió caminando hasta llegar al patio de una casa donde había un poco de gente acompañando el velorio de un cantador de bullerengue que murió ahogado en la mesa de la sala porque se le atravesó una espina de bocachico, y se aturdió tanto que se le olvidó respirar, según la gente. Debían ser las 9 de la noche y el “Rey Culillo” saludó de viva voz a por lo menos cuarenta persona que hablaban de las últimas apariciones y los sonidos raros que emitían los zánganos cuando escogían la Ciénaga de Capote para realizar los aquelarres. Uno de los contertulios, mientras servía un trago de Ron Tres Esquinas, decía que la noche anterior se sentían graznidos de pato y otros sonidos raros que emitían los zánganos y brujas que venían de Palmar de Varela, Manatí, Luruaco (Atlántico) y de Malagana, Mahates, Palenquito, Sincerín y de otras zonas del Canal del Dique a participar en las orgías demoniacas.

–          “No es sino mirar para el cielo para ver a esas mujeres volando en sus escobas iluminadas por luciérnagas gigantes y soltando carcajadas atemorizantes”.

El “Rey Culillo” después de aventarse unos tragos de ron recordó que debía acompañar a su padre a pescar y pidió la hora porque pensó que debía descansar para rendir.

–          “Ya casi son las 12 de la noche. Esta hora es mala, mejor quédate con nosotros, no quiero vayas a pasar tu sofoco por ahí”, le contestó Caraballo Chico, un hombre del que decían tenía poderes para aparecerse y desaparecerse, convertirse en barraco o en burro.

–          “Que me salga lo que sea para que conozcan a un hombre sin miedo”, dijo el “Rey Culillo” envalentonado con varios tragos de ron encima.

La oscuridad era casi absoluta, por lo que uno de sus amigos salió a iluminarle la calle con un mechón para ayudar a que se orientara. El hombre más animoso de Evitar salió para su casa, pero al rato se topó con un niñito negrito, al que los ojos le brillaban, que lloraba tirado en la mitad de la calle. Se detuvo y pensó: “Esto no es de Dios”. Si darse cuenta pasó velozmente al lado del pelaito que le estiraba la mano y gritaba con fuerza pidiendo que lo cargaran. Era papá El Dienton, que se crecía cuando lo cargaban y mostraba el enorme colmillo.

El “Rey Culillo” recuerda que cuando se detuvo estaba desorientado, agitado y sudoroso en el camino que conduce a Mahates, lejos de su casa. Su corazón latía más rápido de lo normal y no podía entender por qué estaba tan lejos. Se devolvió un poco azarado mirando para todos lados y apretó el paso hacia su casa cuando de repente una perra grande y negra se le cruzó en el camino. El animal se le detuvo enfrente e hizo que se detuviera. Se sentó en sus patas traseras y le mostró sus colmillos, grandes y brillantes. El “Rey Culillo” miró para un lado y de una cerca haló una cañabrava, pero cuando regresó ya el animal se había ido. No podía verla, pero si escuchaba su jadeo.  Más adelante se le volvió a aparecer, pero ahora se veía más grande, y su pelo brillante le impedía ver bien sus formas. Se pasó una mano por los ojos como para aclarar su visión cuando se sintió a esa bestia, casi del tamaño de un ternero de un año, encima. Cayó al suelo, pero la agarró por una pata y como pudo se levantó sin soltarla, con el único fin de asestarle un golpe en la cabeza. Aunque la perra no lo dejaba, al punto que lo obligó a soltar el pedazo de palo que llevaba en la otra mano. Era tanta la fuerza de su contrincante que decidió soltarla. Al hacerlo notó que había algo raro en la mirada de la perra, era una cosa maluca y una brisa fría le invadió el cuerpo. Entonces la perra le dijo:

–          “No me maltrates, no me pegues”.

El “Rey Culillo” le contestó con rabia:

–           “Pero y tu ¿quién eres?, ¿Qué es lo que buscas?

La perra brincó hacia una casa abandonada y entonces le dijo:

–          “Soy Fulana y estoy enamorada de ti. Yo fui la que te quitó el habla por celos para que no enamoraras a esa muchacha. Tu eres mio”.

El hombre no podía salir del asombro y cuando se disponía a huir de semejante aparición, la mano de una mujer lo detuvo. Pudo ver su cuerpo desnudo, ocultado por su larga cabellera, su cara bonita, sus curvas, sus nalgas perfectas y sus senos de piedra. Entonces se abrió paso la luz de la luna y la reconoció. Era una viuda joven, un poco mayor que él, de la que poco se sabía en el pueblo. Lo que pasó después se repitió muchas veces cada vez que había luna llena, pero un día simplemente desapareció y en Evitar se rumoraba que la veían caminando sobre el agua en la ciénaga de Capote.

Cuenta el “Rey Culillo” que un día pescando en la ciénaga sintió la risa de la mujer, pero no la veía. De inmediato tiró su atarraya y capturó más de 50 bocachicos de gran tamaño, lo que provocó la envidia entre los demás pescadores.

“Esos pescados me los mandaba ella. Lo que entendí es que pasó a otra vida con el famoso Mohán y se quedó viviendo en las profundidades de Capote. A veces cuando me acerco a la orilla de la ciénaga a coger fresco siento su presencia y el susurro de su voz y veo su silueta perfecta en el agua llamándome, pero no le paro bolas”.

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