𝐒𝐞 𝐭𝐫𝐚𝐭𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐭𝐞𝐥𝐞𝐧𝐨𝐯𝐞𝐥𝐚 ❞𝐌𝐢 𝐜𝐚𝐬𝐭𝐢𝐠𝐨 𝐞𝐬 𝐚𝐦𝐚𝐫𝐭𝐞❞. 𝐋𝐚𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞𝐧 𝐯𝐞𝐫 𝐮𝐧 𝐲𝐨𝐮𝐭𝐮𝐛𝐞. 𝐄𝐬 𝐞𝐥 𝐭𝐢́𝐩𝐢𝐜𝐨 𝐜𝐮𝐥𝐞𝐛𝐫𝐨́𝐧𝐦𝐞𝐱𝐢𝐜𝐚𝐧𝐨 𝐨 𝐯𝐞𝐧𝐞𝐳𝐨𝐥𝐚𝐧𝐨, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐬𝐮 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐢𝐜𝐮𝐥𝐚𝐫𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐞𝐬𝐭𝐚́ 𝐞𝐧 𝐪𝐮𝐞 𝐮𝐧 𝐬𝐨𝐥𝐨 𝐚𝐜𝐭𝐨𝐫 𝐡𝐚𝐜𝐞 𝐜𝐚𝐬𝐢 𝐭𝐨𝐝𝐨𝐬 𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐣𝐞𝐬. 𝐍𝐮𝐧𝐜𝐚 𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐬𝐞 𝐡𝐚𝐛𝐢́𝐚 𝐯𝐢𝐬𝐭𝐨 𝐚𝐥𝐠𝐨 𝐚𝐬𝐢́ 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐭𝐞𝐥𝐞𝐯𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧𝐡𝐢𝐬𝐩𝐚𝐧𝐚.
Por: Rubén Darío Álvarez P.
La semana pasada descubrí me puse a buscar al actor cubano Edy Suárez, cuando, viendo otra cosa en televisión, me enteré de que había hecho una telenovela donde no sólo hace siete personajes, sino que también es el autor de los libretos, el guion y hasta la banda sonora cuya canción compuso y canta.
Como no sabía qué iba a encontrar, pensé que sería una de esas curiosidades de internet que uno mira un rato, se ríe y después abandona. Pero a los pocos minutos me di cuenta de que estaba frente a algo bastante más interesante.
De acuerdo con lo que pude constatar por Google, Edy Suárez es un actor, director, guionista, productor y creador de contenido cubano radicado en Estados Unidos. Su historia tiene algo de película hecha con los recursos que se encuentran a mano. En Cuba comenzó desde joven en el teatro, primero como aficionado; y después en una compañía profesional, donde permaneció varios años y encontró, según él mismo cuenta, su verdadera escuela de actuación.
Como no venía de una academia tradicional y sabía que acceder a la televisión y al cine cubanos era difícil, recurrió a sus propios recursos para realizar una producción audiovisual independiente. Llegó a Estados Unidos alrededor de 2022 y, desde Miami, empezó a construir una comunidad en las redes sociales mediante personajes, situaciones cotidianas y parodias, especialmente de las telenovelas latinoamericanas.

Esos videos fueron creciendo hasta convertirlo en un creador con una audiencia cercana al millón de seguidores; y, sobre todo, en alguien que entendió que las redes podían ser mucho más que un lugar para publicar ocurrencias. De aquellos sketches nació la posibilidad de hacer una historia completa y de ahí salió la telenovela “Mi castigo es amarte”.
En ella no interpreta siete personajes parecidos, sino siete criaturas con temperamentos, edades, sexos y maneras de comportarse diferentes. Hace de matrona arrogante, de muchacha superficial, de hijo ético, de padre bueno, de hija natural proletaria, de sirvienta fiel, de antagonista medio criminal y de un ahijado que busca reconocimiento. Además, compuso y cantó la banda sonora de la producción.
Lo más curioso es que no se quita la barba, lo cual constituyebuena parte de la gracia inicial. Uno sabe perfectamente que debajo de la ropa, la peluca, el maquillaje y los gestos está el mismo hombre. Sin embargo, después de un rato ocurre algo extraño: el televidente deja de mirar a Edy Suárez y empieza a mirar a los personajes.
Al principio el espectador puede pensar que está viendo una comedia. La propia idea parece un chiste: un solo actor haciendo buena parte del reparto de una telenovela. Pero los capítulos avanzan y la historia empieza a tomarse en serio. Los personajes tienen sus conflictos, sus deseos, sus relaciones y sus secretos. Entonces la curiosidad por descubrir cómo hicieron las escenas pasa a un segundo plano, porque uno quiere saber qué va a ocurrir.
Para mí, ahí está el mayor mérito de Edy Suárez, ya que hacer reír con la idea de un hombre interpretando siete personajes puede tener su gracia durante unos minutos. Lo difícil es conseguir que el espectador acepte esos personajes y se interese por ellos; y, para eso, no basta con cambiarse de ropa. Hay que cambiar la voz, la postura, la mirada, los movimientos, la manera de hablar y, sobre todo, la personalidad. La barba termina siendo secundaria.
Después descubrí otra parte de la historia que me llamó todavía más la atención: Suárez no tenía un ejército de actores. Tenía unos pocos compañeros y él mismo. En esas condiciones, podía haber esperado a conseguir más dinero, más actores, mejores circunstancias de producción y un equipo grande. En cambio, decidió trabajar con lo que tenía.
Ahí recordé una frase que suele repetir un amigo mío: “Si quieres que algo exista, hazlo tú mismo”. Edy Suárez parece haber llevado esa idea hasta sus últimas consecuencias. No esperó a tener siete actores para contar una historia de siete personajes. Él hizo los siete; y la solución técnica es bastante ingeniosa. Cuando varios de sus personajes tienen que compartir una escena, las tomas se realizan por separado. Primero interpreta a uno, luego cambia de vestuario y caracterización y representa al segundo, después al tercero y así sucesivamente. En la edición se unen las diferentes tomas para conseguir la escena completa.
Una escena de unos diez minutos, en la que aparecen cuatro de sus personajes, le tomó alrededor de quince horas de trabajo. Eso permite entender que detrás de la gracia que vemos en pantalla hay una cantidad considerable de planificación, repetición y paciencia.
Además, las escenas tienen que estar calculadas con cuidado. Los personajes deben ocupar posiciones precisas y repetir los movimientos para que las tomas puedan ensamblarse correctamente. Una mirada hacia un lado, una taza que cambia de lugar o una mano que se mueve en un momento distinto pueden echar a perder la continuidad; y todo eso lo hace para que nosotros, al final, dejemos de pensar en el mecanismo; y eso también me pareció interesante.
La tecnología y la edición pueden resolver muchas cosas, pero ninguna herramienta sustituye la capacidad del actor para convencer al espectador. Si Suárez no consiguiera darle personalidad propia a cada personaje, podríamos ver el truco, pero no creeríamos en la historia.
Él ha contado que parte de su trabajo consiste precisamente en entrar en cada personaje y diferenciarlos mediante la voz, los movimientos y la actitud. Sus referencias están en el mundo de las telenovelas y en las características propias del melodrama. No intenta esconder que todo forma parte de un juego. Más bien utiliza ese juego para construir una historia que, después de un rato, uno empieza a seguir con verdadera curiosidad; y ahí está lo que más me llamó la atención.
Edy Suárez tenía poco. Pero ese poco era mucho. Tenía unos cuantos actores, una cámara, recursos limitados y una idea que podía haberse quedado en una ocurrencia. Pero también tenía algo que no se compra con presupuesto: talento. Muchas veces pensamos primero en lo que nos falta: dinero, equipo, contactos, espacio, colaboradores, tiempo; y, mientras hacemos la lista de carencias, dejamos sin usar lo que ya tenemos.
Suárez hizo otra operación mental: miró lo que tenía y se preguntó qué podía hacer con ello. El resultado no fue una versión pequeña de una gran telenovela que algún día podría realizarse con todos los recursos. Fue otra cosa. Una producción cuya particularidad nació precisamente de sus limitaciones. Si hubiera contado desde el principio con un elenco numeroso, quizá habría hecho una telenovela convencional. Al tener que multiplicarse, convirtió esa necesidad en el rasgo que distingue su trabajo.
Eso me parece más interesante que la simple curiosidad de verlo interpretando una matrona con barba, porque, al final, uno no se queda pensando solamente: “Qué capacidad para hacer siete personajes”. Uno termina pensando en la decisión que hubo detrás: alguien tenía una idea y, en vez de esperar las condiciones perfectas, comenzó con lo que tenía a mano.
La historia de “Mi castigo es amarte”, además, no necesita inventar un nuevo mundo para llamar la atención. Está construida con materiales que las telenovelas latinoamericanas del siglo XX utilizaron hasta convertirlos en parte de nuestra memoria sentimental: un triángulo amoroso, un secreto familiar, ambición, traición, diferencias sociales, gente buena, gente mala y personajes que buscan reconocimiento.
Uno sabe perfectamente que por ahí han pasado muchas telenovelas; y quizá por eso mismo resulta más interesante lo que hace Suárez. Su apuesta no consiste en descubrir una nueva manera de contar esos conflictos, sino en asumir él mismo buena parte del reparto y conseguir que esos personajes conocidos adquieran personalidad propia. El mérito está en el trabajo del actor: en la voz, los gestos, las posturas, las miradas, el vestuario y la manera de entrar y salir de cada personaje.
La historia puede resultarnos familiar; lo que sorprende es descubrir a un solo hombre sosteniéndola desde tantos lugares distintos. Después, ocurre lo más estimulante: descubrimos que aquello que parecía poco no era poco. Era Edy Suárez. Era mucho talento.

